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    <title>Diario El Pueblo</title>
    <subtitle>Periodismo Confiable</subtitle>
    <updated>2026-04-12T22:35:04+00:00</updated>
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            Cuidar a quienes enseñan, incluso en tiempos difíciles
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                <![CDATA[Susana Pérez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/CvZEZut60YufEfkALAkoFVb-vCg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/03/cuidar_a_quienes_ensenan_incluso_en_tiempos_dificiles.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En los últimos días, el debate sobre la situación docente volvió a ocupar el centro de la escena. Las expresiones y los reclamos forman parte de una realidad que no desconocemos. La educación es una prioridad, y quienes enseñan merecen siempre ser escuchados.</p><p>Pero también es importante que ese debate se dé con todos los elementos sobre la mesa.Desde el inicio de esta gestión, la provincia ha atravesado un contexto económico muy complejo, con una caída significativa de los ingresos y de la coparticipación. En ese escenario, hubo una decisión clara: sostener el poder adquisitivo del salario docente.</p>Los datos lo muestran con claridad<p>Un maestro de grado sin antigüedad pasó de percibir 343.289 pesos en febrero de 2024 a 750.000 pesos en febrero de 2026. Si ese salario inicial se actualizara por inflación, debería ubicarse en torno a los 762.199 pesos. Es decir, la variación real fue de -1,6%, muy cercana al equilibrio.</p><p>En el caso de un maestro con 15 años de antigüedad, el salario pasó de 400.999 a 898.990 pesos, ubicándose incluso 1% por encima de la inflación.</p><p>Y para un director con 25 años de antigüedad, el ingreso pasó de 747.828 a 1.633.715 pesos, con una variación real de -1,6%.</p><p>Estos números muestran que, aun en un contexto muy difícil, la provincia logró sostener el poder de compra del salario docente. Esto no significa que la situación esté resuelta ni que no existan dificultades. Pero sí refleja una decisión concreta de priorizar a quienes sostienen todos los días la educación pública.</p><p>Este esfuerzo cobra aún más valor si se considera que los ingresos provinciales crecieron por debajo de la inflación. En otras palabras, se hizo un esfuerzo adicional para cuidar el salario docente en un contexto adverso.</p><p>El diálogo debe ser siempre el camino. La complejidad del momento exige responsabilidad de todos los actores: del Estado, de los gremios y de la dirigencia política. No se trata de negar los problemas, sino de abordarlos con seriedad y con información.</p><p>Entre Ríos necesita fortalecer su sistema educativo, y eso solo es posible con docentes acompañados y con políticas sostenidas en el tiempo.</p><p>Cuidar a quienes enseñan no es una consigna. Es una decisión. Y también una responsabilidad que esta gestión ha asumido, incluso en condiciones difíciles.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/CvZEZut60YufEfkALAkoFVb-vCg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/03/cuidar_a_quienes_ensenan_incluso_en_tiempos_dificiles.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>En los últimos días, el debate sobre la situación docente volvió a ocupar el centro de la escena. Las expresiones y los reclamos forman parte de una r...]]>
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                <published>2026-03-31T22:27:18+00:00</published>
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            Interrupciones en Japón VII
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                <![CDATA[Mario Daniel Villagra]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zBCNm0QkDTfwxaV2_OTHMNxRIAQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/interrupciones_en_japon_vii.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Tokio, 1 y 2 de diciembre de 2025</p><p>Escribo estas notas un lunes, como cualquier trabajo al comenzar la semana, gracias también a la insistencia de lo cotidiano, que llega con la misma regularidad de los días. Con la diferencia de que este último mes del año lo comienzo en Japón.</p><p>Encontré por casualidad una pequeña cafetería: la Maison Landemaine, en el barrio histórico de Azabu. Lo curioso es que, volviendo en unos días, haya llegado a un lugar cuyo nombre —aunque sé que es el apellido del propietario— remite en francés a «lendemain», es decir, el día siguiente. Bref. Aquí venden como «chocolate francés» algo que es mejor que lo que se toma en la mayoría de los bares de París. Por experiencia propia, debería llamarse chocolate madrileño: se parece más, en su espesura, a lo que probé en Madrid.</p><p>Los platos, Les dépareillées, y la escritura tienen algo de doméstico que me acompaña y me hace sentir como en casa. Unos gorriones revolotean la mesa. Representan resiliencia y adaptabilidad: pueden prosperar en distintos entornos. Ya lo creo. Con ellos también llega el recuerdo de una mesa en Madrid, y cuando estaba en Madrid me recordaban a una mesa en la Ciudad Vieja de Montevideo. Tanto aquí como allá, el móvil poético de Silvia Baron Supervielle fue el móvil del viaje que me llevó a esas ciudades a proyectar la película. Los gorriones buscan una migaja de bizcocho, como estas letras buscan algo de mí. Les tiro unas migajas al cuaderno de todo lo que viví estos días, como el gorrión come una parte ínfima de toda la panadería en esta primera mañana en Tokio.</p><p>Hoy la luna entró en su último cuarto creciente. Una gota de chocolate cae sobre la hoja y hace una mancha, ya no de mate —la yerba se acabó hace varios días—. Aunque los gorriones me traen alegría, siento esta despedida tan espesa como el chocolate.</p><p>En esa espesura se mezclan los recuerdos: las miradas de las jóvenes estudiantes de Sonoko Sato en la ronda que hicimos en el aula del Kobe College luego de la segunda proyección. Todas diferentes en su entusiasmo. Algunas más conscientes que otras de la presión que depositan sobre ellas sus padres para ser «alguien» mediante el estudio, visible en frases como: «quiero ser traductora, maestra o artista». También recuerdo las risas tenues de unas señoras —jubiladas algunas— cuando escuchan a Silvia Baron Supervielle, como si entendieran por ósmosis que hay que ocuparse de las propias cosas cuando las que se nos escapan de las manos no van como uno quisiera.</p><p>Una mujer que habla italiano, mientras quien la acompaña mira el celular, me mira fijo y sonríe mientras hago una pausa en la escritura y juego con los gorriones. Otra, con rasgos asiáticos, se sienta en la mesa de al lado y, al pasar, me sonríe. Luego, en un inglés sencillo, me pregunta si soy escritor. Tardo un instante en responder. Digo que sí. No agrego nada más. Ella toma un libro y comienza a leer. Entonces aparece la curiosidad verdadera: saber qué lee, de dónde viene, qué historia la trae hasta aquí.</p><p>Toda esta descripción puede parecer banal, anticuada, innecesaria, dirán. Pero la escribo con la esperanza de anotar momentos reales. Sigo queriendo saber qué lee ahora mismo, aunque eso sería más una intromisión que una interrupción. Me gustaría saber si llega o si se está yendo, como yo, mientras el mismo gorrión que antes jugaba conmigo ahora come de las migajas que ella, a mi lado, le cede. Creo que un hombre solo, en esta gran ciudad, es una presa mucho más fácil que un gorrión.</p><p>De vuelta en el hotel, la sala de fumadores me hace recordar al baño de la Escuela 17 en Villaguay: todos fumando el cigarrillo rápido, que se iba consumiendo desparejo; la ceniza gris se alargaba hasta caer por su propio peso. Luego se volvía como si nada al patio, a la sala de curso, a la vida; igual que ahora a la habitación. Tanto aquí como allá, escondidos, con la diferencia de que aquí no hay preceptores. No obstante, volver a este cuaderno es, al fin de cuentas, como volver al aula donde todo comenzó: el cariño por la comunicación, la radio, la narración; que luego, al pasar a la universidad, se profundizó al escuchar aquella frase que todavía me acompaña: no hay mejor idea para ser dicha que la que está bien escrita.</p><p>21:39. La experiencia del baño compartido nunca la había tenido. Aquí nadie viene a ser social. No es como la cola de un baño químico en una fiesta. La gente viene a bañarse, sí, pero también a tener un momento de calma, de relajación. Es, a pesar de que nadie habla ni siquiera saluda, un momento de dejar salir tensiones del cuerpo y del interior por la boca. Si algo sale es una especie de quejido o gemido casi orgásmico. El agua a 41 grados me hizo pensar en el líquido amniótico; no lo sé, quizás por el hecho de estar viviendo una experiencia primeriza. Igualmente, la palangana llena de agua vertida sobre mi cabeza me despertó un recuerdo típico de infancia.</p><p>Es la última mañana para andar de paseo en Tokio. Sin embargo, volví al café de ayer. Intento entender por qué necesitamos repetir las acciones, los lugares. Todo eso que deviene rutina. ¿Será acaso que eso nos mantiene en un lugar seguro? ¿Será que ese lugar seguro es lo que nos sostiene en eso que llaman bienestar? ¿Será que sólo en esos lugares perdemos el miedo a la existencia, ese miedo que apenas se aplaca? No lo sé. La misma pena invade mis deseos de seguir conociendo esta ciudad, este país. Pienso en los gorriones y en que, en breve, me pondré en marcha hacia el Instituto Cervantes, como si estuviera en París, y visitaré alguna librería para encontrar autores japoneses.</p><p>12:16. Jardín del Palacio Imperial. Me pregunto si Arnaldo Calveyra pasó por aquí y habrá mirado a cada árbol como si no fueran ellos los caminantes. Me encontré, en la imaginación, con él en pasajes que inmediatamente me llevaban a Entre Ríos, para recordar al señor Jáuregui, vecino de la esquina de la casa de mi abuelo paterno, y, como en un efecto de cierre, el cuidado magnífico de su huerto. Aunque no sepa más, me repito uno de sus versos como un tótem verbal, para volver al momento presente: «El viaje lo trajimos lo mejor que se pudo».</p><p>Me detengo ante la fosa artificial, Shimo-dokanbori Moat, inquieto por saber cuántas de estas imágenes digitales, hechas con cámaras o celulares, terminarán siendo impresas. Pregunta inútil, pues la respuesta no la tendré nunca. No obstante, me ayuda a evadirme un poco de la masa de turistas y a detenerme para apreciar la belleza de este camino entre la Puerta Sakashita y la Puerta del Puente Levadizo del Norte en los Jardines Nacionales. Antes de partir, pareciera que toda la experiencia se vuelve una pregunta. Sigo detenido bajo los grandes árboles, entre las murallas, tratando de identificar los pájaros que cantan allá lejos, en lo alto, entre la copa de los árboles que voy cruzando. Ya poco queda por anotar.</p><p>Que estas notasbajo la luna en crecientemil años digande boca en boca las palabrasque me han nacido.</p><p>&nbsp;</p><p>Nota de la redacción: con esta séptima entrega, concluye Interrupciones en Japón, la serie que durante enero y febrero compartió Mario Daniel Villagra, &nbsp;escrita especialmente para El Pueblo, sobre su experiencia en el país asiático durante la última parte de 2025. El diario agradece al autor por su valiosa y dedicada colaboración, que permitió a nuestros lectores acercarse, a través de la óptica de un villaguayense por el mundo, a otra cultura y modo de vida.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zBCNm0QkDTfwxaV2_OTHMNxRIAQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/interrupciones_en_japon_vii.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Tokio, 1 y 2 de diciembre de 2025Escribo estas notas un lunes, como cualquier trabajo al comenzar la semana, gracias también a la insistencia de lo co...]]>
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                <published>2026-02-27T22:17:07+00:00</published>
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            Interrupciones en Japón VI
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                <![CDATA[Mario Daniel Villagra]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/nT8hAinB567aBlt9maOwbG1mpO8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/monte_fuji_desde_el_parque_de_oishi_casi_el_mismo_cuadro_casi_la_misma_hora.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>Fujikawaguchiko, 29 y 30 de noviembre de 2025</p><p>Para apreciar el monte Fuji, el taxista me recomendó ir a las 7 de la mañana. Seguí su consejo y eso me permitió ver el amanecer del sábado. Despejado, no solamente de nubes sino también de la masa de turistas, la presencia del Fuji fue increíblemente real. Pareciera que la naturaleza brindara mensajes y la población los decodificara.</p><p>El monte Fuji está ahora, en mi vista, al horizonte. En la vida, ya quisiera ser como esa garza blanca que lo mira desde el lago, no interponerme, no molestar su belleza, o ese simple gorrioncito que revolotea en el agua en busca de algún bichito para comer. Pero no: somos, o soy, un sujeto que piensa, que siente y que ve las desigualdades, además de las bellezas. No hay que romantizar la naturaleza.</p><p>Releo los apuntes en mi cuaderno «Viajes extraordinarios», que me regalaron para un cumpleaños. Los apuntes fueron tomados en otro viaje, pero, en realidad, es el único y el mismo viaje. Lo que se debate, desde que comencé, es la cuestión del ser en él. ¿Qué hacer y quién ser? Lo que ahora se me dibuja con mayor nitidez es un cierto ideario agrario, una cuestión que tiene que ver con la naturaleza, con cómo convivir con ella siendo parte de ella. Y eso, en lugar de eximirme de responsabilidades, me brinda la chance de evolucionar en un tipo de cuidado con el mundo que habitamos y hacia uno mismo.</p><p>Responder a esas dos preguntas es poner contenido a ese vacío existencial que es causa de tantos males. Pero también ese vacío es posibilidad de virtud. En ese hueco profundo, en el medio del pecho, quisiera que crezca un camalote, una rosa, una garza, como la que contemplo ahora entre esta mesa y el Fuji. La garza vuela al sentirse movilizada en su contemplación —que nunca es pasiva, que nunca es ingenua— por las ondas del agua. Anoto este instante a las 9:08 de la mañana, vista desde el lago Kawaguchi.</p><p>Aquí las habitaciones tienen en el suelo tatamis. Donde duermo se llama «Hojas secas», como la sala donde comimos en Kobe se llamaba «Los Jazmines». Todo parece tener un nombre propio. Tendré que poner un nombre a mi casa en rue Barbès. El muchacho que cuida recomienda no ponerse perfume en la habitación, porque el tatami es tan sensible que puede impregnarse de ese olor.</p><p>El domingo, la neblina del lago Kawaguchi impidió hasta más de las 9 de la mañana ver el Fuji. Poco a poco, ante el sol y el viento, volvió a dejarse ver.</p><p>Ayudados por la niebla. Mientras la semana termina, vienen los recuerdos del lunes en la casa de Sonoko Sato: Yoko, su madre; Satoshi, su marido; Toki, su hijo, que decía «Mario Daniel» en su lengua aún tan suya, aprendiendo a hablar una que comparte con otros. Yo sentía su acento, que saltaba del japonés al español, del español al francés, del francés al inglés y del inglés al japonés, como un sendero propio que él va construyendo. Mientras, los significados de las palabras de un haiku huían de una lengua a otra, jugando, como Toki lo hacía, feliz y despierto, más tarde de lo habitual por tener visitas en su casa. Todos a la mesa: la poesía estaba servida.</p><p>Hoy le conté al Teuco Castilla por teléfono aquella anécdota y él, agradecido por todo lo que le contaba —las palabras ligadas a una estación del año, el instante como sujeto y el sentimiento como fondo—, me prometió compartir esa información con un amigo suyo que escribe haikus en Argentina. Al mismo tiempo, me sugería que le diga a Sonoko que escribiera un libro con los poemas, desde su bisabuela hasta ella. Como si la vida pasara de instante en instante, esa anécdota me recordó un apunte que escribí días atrás: Todos los árboles, por más viejos que sean, pueden ser ayudados.</p><p>Sé que este viaje por Japón se va terminando, pero persistirá en estas Interrupciones. Como persiste en mí la idea de que mis padres estarían contentos de este viaje. Ese vacío existencial que genera la ausencia física no anula la experiencia de querer compartirlo. Ellos están presentes en mis pensamientos, en mis principios. Recuerdo: «Con la verdad y el respeto se llega a todas partes», me dijeron un día. Y aquí estoy, en un café, a pocos kilómetros del Fuji, escribiendo y sintiendo una conexión profunda con todo lo vivo y con lo aparentemente muerto.</p><p>Como otro regalo, el libro de Nicolas Bouvier, Crónicas japonesas, que me acompaña en el viaje, comienza el 24 de febrero, fecha de mi nacimiento. Quizás este viaje sea una especie de renacer: volver a tener la oportunidad de mirar Latinoamérica y Europa, Argentina y Francia —en todo caso, donde nací y vivo— de otra manera.</p><p>A medida que escribo, leo los libros que voy comprando en el camino. También recorro las libretas. Escribir, ya se sabe, es reescribir, aprendiendo de las tachaduras, con el miedo de repetirme, y allí es donde se vuelve necesaria la variación. Sé que hablé ya de Bouvier, pero lo que dije es nuevo, como nueva es la siguiente descripción de dos pobladores que se distinguen por su ya citada amabilidad: el sábado a la noche pregunté al encargado del pequeño hotel dónde podía salir a tomar algo; eran las veinte horas, estaba frío y oscuro. Me dijo que todo estaba cerrado. Minutos después llegó con una cerveza de regalo. Yo le di kakis, una fruta sabrosa y naranja, que aceptó con algo de emoción. Al otro día, al mediodía, a mitad de un recorrido en bicicleta, al parar para comer, pregunté a una señora de un pequeño restaurante: «¿Cuál es su estación del año preferida?». «El invierno», me dijo, «porque las montañas están todas nevadas», agregó. Luego, tan naturalmente, me preguntó: «¿Y la suya?». Percibí su apertura en la mirada. «El otoño», dije. «¿Y por qué?». «Por los colores», contesté. «Sí, es verdad, hay muchos más colores». Al pagar, compré una canastita artesanal de mimbre, que luego rellené con florecitas caídas que junté en el Parque Oishi.</p><p>Tibia mañana,despiertan los colores,caras hacia el sol.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/nT8hAinB567aBlt9maOwbG1mpO8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/monte_fuji_desde_el_parque_de_oishi_casi_el_mismo_cuadro_casi_la_misma_hora.png" class="type:primaryImage" /></figure>Fujikawaguchiko, 29 y 30 de noviembre de 2025Para apreciar el monte Fuji, el taxista me recomendó ir a las 7 de la mañana. Seguí su consejo y eso me p...]]>
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                <published>2026-02-20T15:17:02+00:00</published>
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            Martes de Carnaval - Las Murgas de mi pueblo
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                <![CDATA[Ceferino Lloret]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/upstRuhJjs2P3jdQU53JDq2N_LA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/villaguay_celebro_la_primera_noche_del_carnaval_de_encuentros_con_musica_color_y_gran_participacion_del_publico.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El carnaval es esa época en que la humanidad, y el poder de los de siempre, se permiten una licencia para que el Rey Momo y toda su cohorte de rienda suelta a sus locuras e impertinencias. En distintos lugares hay emergentes de la creatividad humana que despliegan un abanico multicolor de expresiones: máscaras enigmáticas en Venecia, espaldares con plumas inmensas en Brasil, pintorescos diablos por la cordillera en Jujuy.&nbsp;</p><p>En mi ciudad de origen, Villaguay, al centro de la provincia de Entre Ríos, fuí testigo en mi infancia de un fenómeno sui generis. Entre los juegos de agua, las mascaritas, los banderines zigzagueando &nbsp;las calles que se usarían para el corso, el anuncio de los clubes de los esperados bailes de carnaval, aporreaban su presencia las murgas.&nbsp;</p><p>No eran las murgas del pueblo de mi infancia el despliegue del canto y la denuncia de los uruguayos, o las destrezas saltimbanquis de las porteñas. Eran murgas que con el calor explotaban en cada barrio de la ciudad, ensayando desde comienzo de enero. Comenzaban a darse cita en una esquina cuando el sol se ocultaba y dejaba de agobiar.&nbsp;</p><p>Empezaban con “la llamada”, que eran improvisados golpes en un gran bombo y el ensayo de las primeras notas de los redoblantes. El ritmo era característico de cada barrio o agrupación. Siempre repetido año a año, con un repiqueteo monótono y cíclico. En media hora reunían a los postulantes para organizar un desfile de veinte o treinta personas bien distribuidas simétricamente, y con roles definidos. Generalmente las mujeres, los niños y algunos varones se balanceaban al comienzo de la procesión.&nbsp;</p><p>Al fondo se ubicaban los músicos con elementos de percusión, todos varones. En el centro era el lugar privilegiado para los que se movían más frenéticamente o para el que contaba con el prestigio de patriarca o matriarca de la organización. Los demás participantes acompañaban a ambos lados, sin importar si tenían dotes de buenos danzarines o no. Fuera de la formación, aunque como una rémora natural iban las madres noveles, que por tener que dedicarse ese año a la cría de los bebés no podían participar activamente, pero iban arrastrando cochecitos, mamaderas y a veces botellas de agua. La jauría de mascotas completaban el evento. Sus integrantes eran los habitantes de calles de tierra, que tomaban revancha en mostrarle a los de asfalto sus contorsiones y estados catárticos.Estos sospechaban que tal despliegue de destreza se debía por consumo de bebidas alcohólicas de bajo precio, y la prueba estaba en el lustroso sudor que corría en demasía por las pieles trigueñas.&nbsp;</p><p>El ensayo se daba generalmente en caravana por la “calle ancha” (nombre popularizado de la única avenida de la ciudad) ocupando media vía, obstaculizando el avance de eventuales conductores de vehículos. &nbsp;El día que comenzaban los corsos oficiales, con el inicio de una bomba de estruendo y la publicidad por altoparlantes de la distribuidora de bebidas del lugar (igual por más de una década), las murgas eran la primera en mostrarse. Para la madrugada quedaba de postre el desfile de alguna comparsa, copia de las que se veían por televisión pública de Brasil, integrados por gente usaba desodorantes, cremas y perfumes de calidad. Esas eran de muchas lentejuelas y plumas. Las murgas eran de mucha tela de tafeta, papel crepé y hasta plastillera. Ellos se bamboleaban y agitaban.&nbsp;</p><p>El público miraba con un dejo de desdén.Los nombres identitarios en un principio eran expresiones irónicas de la autopercepción: “Los que faltaban”, “Los amantes del Vino Tinto”. Ya para cuando los conocí imitaban un popurrí de realidades como la civilización antigua egipcia, la vida del circo, una manada de osos y hasta una legión de Carontes. Los títulos eran más poéticos como “Los Hijos del Sultán”, “Los bailarines de Saturno”. Tenían diablos vestidos integramente de rojo o negro, que con horquillas de madera y sin filo, abrían espacio en el apelmasamiento de curiosos para dar lugar al desfile.&nbsp;</p><p>Las comparsas en cambio tenían voluntarios que con una cuerda delimitaban los artistas del público. &nbsp;La última noche subían al escenario principal a cantar como monjes en la hora de recitación de salmos, denuncias al poder de turno. Luego esperaban paranoicos la decisión y premiación de los jueces después del nombramiento de la reina del carnaval. &nbsp;Las murgas de mi Villaguay eran esa piedra rara que hoy queda enterrada en el recuerdo de un pueblo, y que apuesto a que este no sea el único intento para que el tiempo no &nbsp;la sentencie al olvido. &nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/upstRuhJjs2P3jdQU53JDq2N_LA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/villaguay_celebro_la_primera_noche_del_carnaval_de_encuentros_con_musica_color_y_gran_participacion_del_publico.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>El carnaval es esa época en que la humanidad, y el poder de los de siempre, se permiten una licencia para que el Rey Momo y toda su cohorte de rienda...]]>
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                <updated>2026-04-12T22:35:04+00:00</updated>
                <published>2026-02-18T12:47:27+00:00</published>
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            ¿Nacional o importado? Cómo defender la producción en un mundo que se protege
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                <![CDATA[Adrián Fuertes]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ZkEzCLx3_sHM89vFj19kfHjW7h8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/nacional_o_importado_como_defender_la_produccion_en_un_mundo_que_se_protege.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Mientras las naciones desarrolladas regulan el ingreso de productos importados con barreras arancelarias y/o paraarancelarias con el objetivo de proteger su industria, sus trabajadores y, en definitiva, la economía global de sus países, en la Argentina el discurso oficial, apalancado por el multitudinario elenco de periodistas oficialistas, plantea que es beneficioso para los intereses de nuestro país que se consigan un poco más baratos calzoncillos extranjeros, autos o cualquier otro producto que cueste unos pesos menos.</p><p>Es preocupante que esta estrategia haya penetrado en la opinión pública, que la repite y defiende sin siquiera conocer qué hacen al respecto los países desarrollados a los que supuestamente nos vamos a parecer en unos años con este tipo de políticas.</p><p>Hace poco, desde el gobierno hasta se estableció el tiempo que íbamos a tardar en llegar a ser como esos países modelo: 5/7 años España, 15 años Alemania, 25/30 años EE. UU. y que en 40 años podemos ser el país más rico del mundo (Perfil, 17 de octubre de 2025).</p><p>Se podrían escribir cientos de páginas sobre los aranceles y barreras paraarancelarias que aplican los países desarrollados para proteger su economía, pero para muestra basta un botón, o dos:</p><p>1) La Unión Europea se protege utilizando el Sistema Armonizado de Designación y Codificación de Mercancías, clasificadas mediante el código TARIC; además, aplican IVA a la importación y otras regulaciones específicas de cada país. (Web Oficial de la Unión Europea).</p><p>2) Mientras nosotros permitimos que una empresa de la India, abastecida por China, relegue a la siderurgia nacional a la hora de hacer el gasoducto Vaca Muerta/Puerto de San Antonio Oeste, Estados Unidos impuso un gravamen del 50% sobre el acero extranjero. (Bloomberg, 13 de febrero de 2026).</p><p>Por estos días estamos viendo un debate en los medios motivado por la abrupta caída de nuestra industria textil: industria nacional vs. bajos precios de productos importados. Ese debate sería fácil de saldar mirando a los países a los cuales queremos parecernos, y la realidad es que los países europeos que tienen desarrollo de su industria textil: España por ejemplo, la protegen de la importación de países asiáticos (particularmente China) con altos aranceles.</p><p>El caso de Brasil y Argentina con la llegada de la automotriz china BYD es el ejemplo más contundente de los dos modelos de país a los que me refiero: Argentina se limitó a flexibilizar al extremo el ingreso de autos chinos sin ningún tipo de beneficios para nuestro país, mientras tanto Brasil exigió inversiones y, para ello, el presidente Lula se reunió con la vicepresidenta ejecutiva de BYD, Stella Li, y se decidió establecer, en el Polo Industrial de Camaçari, en el Estado de Bahía, la planta más grande y avanzada de BYD fuera de China, para abastecer al mercado latinoamericano. En ese marco, ya se presentó el primer BYD Dolphin Mini fabricado en Brasil.</p><p>En la Argentina de hoy, la realidad de estas tres actividades que menciono es la siguiente:</p><p>Industria Textil: cayó 24% en un año y desde diciembre de 2023. Sin contar los empleos informales que puedan haber caído, el sector perdió más de 16.000 empleos formales en todo el país, mientras que su capacidad instalada bajó a un 32,5% (Infobae, 27 de enero de 2026).</p><p>Industria metalúrgica: durante diciembre, el sector registró un retroceso de 7,1% en la producción, sumando ocho meses consecutivos en baja. Se perdieron alrededor de 12.000 puestos de trabajo en 2025, entre despidos y retiros voluntarios, y la capacidad instalada se ubicó en 44%, siendo uno de sus niveles más bajos en términos históricos. (Infobae, 20 de enero de 2026).</p><p>Industria automotriz: se derrumbó un 30,1% en comparación con el mismo mes del año pasado (Ámbito, 4 de febrero de 2026). Se perdieron 3.000 empleos en un año (Comercio y Justicia, 22 de enero de 2026) y la capacidad instalada cayó al 31,2% (Perfil, 12 de febrero de 2026).</p><p>En definitiva, absolutamente todos los países desarrollados defienden su trabajo y su industria con aranceles y todo tipo de medidas que protejan su entramado productivo. Eso es algo que cae por su propio peso, es famoso “sentido común”, como dirían algunos.</p><p>No se trata de ahorrar unos pesos, se trata de proteger nuestra industria, promover su crecimiento, la generación de puestos de trabajo y evitar el déficit de la balanza comercial de una economía ávida de dólares para que no colapse.</p><p>No se trata de cerrarse al mundo y al comercio, se trata de abordar las relaciones internacionales teniendo en claro que los intereses que se deben defender son los de nuestro país. Se trata de aplicar medidas sensatas en el marco fiscal y arancelario para que el comercio internacional se dirima con reglas de juego equivalentes.</p><p>Por supuesto que debemos mejorar la competitividad de nuestra producción, garantizar el acceso de los consumidores argentinos a productos de calidad a un precio justo, pero eso no se hace a los sablazos, destruyendo hasta los cimientos de la industria argentina; se hace con políticas de Estado racionales, paulatinas y consensuadas para lograr la sintonía fina que permita bajar la carga impositiva sin desfinanciar al sector público, abaratar el costo del financiamiento para la inversión y mejorar los procesos productivos con investigación y tecnología lo que solo se logra con el financiamiento de la educación y la ciencia.</p><p>¿En el pasado reciente se hizo? Considero que por lo menos se intentó, de algunas maneras a veces particulares, pero veo claro que antes, en este punto específico, había una mirada tuitiva de la industria y los intereses del país. ¿Sirve mirar hacia atrás? Creo que no, más bien siento que los argentinos agarraron un palo y rompieron los dos espejos retrovisores para no ver algo a lo que no quieren volver.</p><p>En ese marco me parece que quienes compartimos una mirada distinta de la economía debemos incorporarnos al debate público planteando un proyecto de cara al futuro que tome como punto de partida el equilibrio fiscal y la lucha frontal contra la inflación, teniendo como objetivo final e irrenunciable el bienestar y la inclusión de las grandes mayorías, el incentivo del consumo popular como herramienta para mejorar su calidad de vida, el financiamiento suficiente de la educación, la ciencia y la tecnología y la protección férrea de nuestros recursos naturales.</p>]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-12T22:35:04+00:00</updated>
                <published>2026-02-17T16:19:47+00:00</published>
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            Interrupciones en Japón V
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                <![CDATA[Mario Daniel Villagra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/200kv-K7swIsfZOnZsPAWitdGjM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/al_estilo_de_un_jardinero_en_la_base_del_templo_hay_que_juntar_las_hojas_que_caen_del_arbol.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Desde París, Francia</p><p>27 y 28 de noviembre de 2025</p><p>Anoche llovió y hoy los campos de arroz que veo por la ventanilla del tren están plenos de agua. Un arcoíris entre tramo y tramo nos acompaña en el camino. Aún recuerdo el gusto de la carne de vaca alimentada con manzana que comí anoche y la jugosa combinación hecha de cebolla, ajo, salsa de soja y manzana. Y nosotros, en Argentina, pensamos que tenemos la mejor carne del mundo. Pensándolo bien, cada país tiene derecho a pensar que tiene lo mejor para los suyos. Afuera está todo mojado y, en mi memoria, llueven recuerdos. Estas palabras se hacen charcos.</p>Kioto<p>Aquí hay dos templos budistas, los más conocidos: el Templo del Pabellón de Oro y el Templo del Pabellón de Plata. Este último, el Ginkaku-ji, data de entre 1460 y 1480. Mientras lo recorría, algunas ideas venían, tipo visitaciones, sin demasiado desarrollo, pensando sin pensar, y las anoté:</p><p>Al estilo de un jardinero en la base del templo, hay que juntar las hojas que caen del árbol, mismo así sabiendo que el viento hará caer otras. Que las virtudes se añejen como el musgo en la piedra. Aunque sola, la flor de un árbol se luce entre el bosque. Al igual que el agua que cae de la montaña, el movimiento hace el camino. A un viejo árbol en un jardín sagrado, la ayuda hace que no caiga del todo en su vida. A la manera del agua de la fuente, en el reflejo se distingue lo verdadero de lo falso.</p><p>Las frases llegaban como el degradé de los colores de los árboles, entre el cielo y la tierra, entre la antigüedad y la modernidad. Pero decir esto de una tarde en Kioto es decir poco. Una de las ciudades más pobladas de Japón; primera capital entre 794 y 1868, hasta que pasó a Tokio; y la única gran ciudad que no fue bombardeada por las fuerzas aéreas de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Lejos de esos datos, yo estuve allí intentando sostener un equilibrio. Entre lo que permanece y lo que se transforma.</p><p>Quizás la manera más auténtica de hacer un viaje sea, en el camino donde andan todos, inventar uno propio hacia el interior. No separar sujeto y objeto, ni viaje y viajero. Como en estos textos breves donde intento integrar vivencia y reflexión. Buscar, en un templo sagrado pero en plena modernidad, el silencio entre tantos turistas. Aprender con el otoño, estación de cambios, a ser ecuánime entre verano e invierno. Mantener nuestro propio parque o jardín, aunque el templo sea de todos y nadie lo sepa de inmediato.</p>Takayama<p>Desde el mapa me llamó la atención un nombre parecido a Entre Ríos: Nagoya. De allí se toma el tren hasta Takayama, donde pasé otra tarde. No entiendo todo lo que dicen los anuncios en los parlantes de las estaciones, pero me alegra conocer algunas palabras y modos de construcción de la lengua japonesa para poder comunicarme. Doko significa «dónde», que desu es una forma equivalente a «es» o «soy», to une elementos y ka al final convierte la frase en pregunta. Pequeños recursos que, más que palabras, son gestos. Percibo que, al usarlas, la recepción es distinta. No se trata de dominar la lengua, sino de entrar sin atropellar.</p><p>Takayama está ubicada dentro de los Alpes Japoneses. Desde la estación central caminé hacia el templo budista Daigo-ji. En el trayecto se atraviesa Sanmachi Suji, el barrio histórico lleno de casas antiguas de madera; por este barrio, según entiendo, la ciudad es conocida como la pequeña Kioto. Cuenta la historia que cuando no podía contribuir con arroz a los impuestos imperiales, lo hacía con carpinteros. Trabajo en lugar de grano. Oficio en lugar de cosecha, valor de uso en lugar de valor de cambio.</p><p>De ida y vuelta al templo, la ciudad me ofreció reparo en sus canales y en los puentes sobre los ríos Miyagawa y Enako. También en un pequeño mirador detrás del Museo de Historia y Arte, a mitad de camino entre ambos cursos de agua. Desde allí la ciudad se ve para todos lados, rodeada de montañas que parecen contenerla sin oprimirla.</p>Kanazawa<p>No pude entrar al museo del teatro Noh porque estaba en preparaciones para una muestra. Pero sí entré al Kenrokuen. Jardín comenzado en 1676. Allí la pintura japonesa parece volverse paisaje real: el punto de vista elevado, como desde una colina. No es el mensaje lo que importa, sino la manera en que todo se dispone para permanecer.</p><p>El Kenrokuen es uno de los tres jardines más bellos de Japón por la combinación de amplitud, artificio y agua. Amplitud que conduce al recogimiento; artificio que preserva la antigüedad; cursos de agua que multiplican perspectivas. No es ornamento: es cuidado.</p><p>Cuando pienso que este jardín tiene más años que el Estado-nación argentino, dimensiono en su justa medida la idea del cuidado, y también la noción de perspectiva. Van juntas. Nada de esto sería posible sin trabajo humano. Naturaleza y artificio no se oponen: se acompañan. Recuerdo entonces algo escuchado a Maf cuando me hablaba de Madariaga y sus charlas sobre literatura: así como un jardín necesita rusticidad, un texto necesita algo de salvajismo. Los jardines, las naciones, los bosques de poesía —también me acuerdo del Teuco— se hacen árbol junto a árbol; los más altos protegen a los pequeños, y hasta el más grande necesita sostén. Sin trabajo no hay belleza. Y la belleza es frágil. Antes de buscarla, hay que aceptar que es momentánea, que está en movimiento. Como este tren que ya parte con destino a Tokio.</p>En el tren<p>Alterno mi vista y mi atención entre la lectura y la escritura. Henry Miller dice que la función del hombre moderno no es recordar, sino olvidar; Nicolas Bouvier lo cita, pero también advierte las diferencias entre Occidente y Oriente en el hecho de que estudiar para saber no es lo mismo que estudiar para aprender. Entonces me digo: recordar no es acumular, sino cuidar.</p><p>Escribir en tren es como andar a caballo: la lengua se mueve como un animal que uno monta e intenta domar. A medida que el tren avanza, estas palabras también lo hacen hacia una forma de verdad. Pero ninguna puede reemplazar la experiencia. Ni la palabra, ni la fotografía, ni la pintura, ni el cine equivalen al paisaje y los momentos compartidos o a solas. Y, sin embargo, algo intentan preservar.</p><p>Son las 13:50. La luna creciente ya se ve en el cielo. Del otro lado, el sol rojo me recuerda el porqué del símbolo de la bandera. Paul Valéry dice que todo comienza por una interrupción. Y así, entre una mirada y otra, el título de estos textos también se eleva: Interrupciones en Japón.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/200kv-K7swIsfZOnZsPAWitdGjM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/al_estilo_de_un_jardinero_en_la_base_del_templo_hay_que_juntar_las_hojas_que_caen_del_arbol.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Desde París, Francia27 y 28 de noviembre de 2025Anoche llovió y hoy los campos de arroz que veo por la ventanilla del tren están plenos de agua. Un ar...]]>
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            Interrupciones en Japón IV
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                <![CDATA[Mario Daniel Villagra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/k1cp5yBqfWwlqKBGFLubZmuQ-mc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/interrupciones_en_japon_iv.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Desde París, Francia&nbsp;<p>Osaka, 24 y 25 de noviembre de 2025</p><p>Quedar en una huella con la proyección, en el marco de las celebraciones del Kobe College —una institución fundada en 1875—, me brinda una rebanada de inmortalidad. Lo digo sin estridencias, al igual que todo lo que se dice con respeto y amor a la verdad histórica. La misma que evoco al decir que el auditorio estaba lleno en esta segunda proyección.</p><p>Me concentré en los ojos y en los gestos de los presentes, aun sabiendo que no podría llegar más allá de mi propia interpretación. Una señora observaba a Silvia pasear por París a la manera de una amiga; yo la miraba sonreír a ella y veía otra película. El río que atraviesa la ciudad, en sus pupilas, ganaba profundidad: esa que se produce cuando las miradas se encuentran. Un silencio se abría entre ellas dos y ya no había vacío, sino atención. «Comencé la traducción como una compañía», dice Silvia en la película, y la señora asentía. Las sensaciones mutuas se tocaban, como el fuelle del bandoneón de fondo, y se mezclaban, del mismo modo en que Silvia Baron Supervielle lo hace con las aguas del Sena, del Atlántico y las del Río de la Plata.</p><p>La disertación también fue otra. Ya no giró en torno al cruce entre cine y literatura, sino en tratar de ubicar a Silvia Baron Supervielle en la literatura del Río de la Plata y, al mismo tiempo, en la literatura francesa. La profesora Sonoko Sato preparó una suerte de glosario con los nombres de los escritores y artistas nombrados en la película, lo cual creaba un mapa de referencia desde donde entrar y salir. Dije —o intenté decir— que el Río de la Plata, hecho de los afluentes que vienen del Uruguay y del Paraná, también integra la literatura de Entre Ríos, de donde provienen los escritores de las películas precedentes. Y que, así como las lenguas, las literaturas insisten en mezclarse, aunque puedan distinguirse.</p><p>Cité una frase que me tocó especialmente, expresada en Argentina por el autor polaco Witold Gombrowicz: «Me gustaría enviar a todos los escritores del mundo al extranjero, fuera de su propia lengua y fuera de todo ornamento y filigrana verbal, para que constaten qué queda de ellos». Decirla en una lengua que no es aquella en la que nací, en un país cuya lengua no era exactamente la que estaba hablando, produjo una especie de desgarradura. No para romper, sino para identificar las partes. Separar. Exponer. Mirar los restos. Intentar, desde ahí, un gesto de conciliación.</p><p>A la presentación me acompañaron también otros libros: no solo las crónicas japonesas de Nicolas Bouvier, para leer en el transporte, donde dice que un país no puede vivir sin ideas, sino también la «Antología de poetas latinoamericanos en Francia» y «Los mandatos de Camilo Fink». Estaban allí no solo como amuletos de la suerte de haber publicado mis propios textos, sino como compañeros discretos que traen consigo a tantos otros escritores, artistas, editores.</p><p>A media tarde, después de la proyección, entramos a un aula con la profesora Sonoko Sato. Quince estudiantes, más o menos, de distintas regiones, nos esperaban. Hicimos casi una ronda de vivencias en torno a nuestra experiencia con el francés. Algunas viajan casi dos horas para llegar al colegio, otras se alojan allí; pocas conocían Francia. Pude sentir la presión por la espera de resultados de sus padres. Las preguntas, de todos modos, no vinieron desde la expectativa, sino desde la curiosidad. Ya no me preguntaban por Silvia, sino por qué elegir el cine y la literatura, qué hago los fines de semana en París, cuáles son mis lugares preferidos, cómo percibo la cultura japonesa.</p><p>Me gustó vivir ese desplazamiento porque ellas, sin saberlo, al querer saber algo más de mí, me ayudaban también a entender algo de mí mismo. Fue recorrer, de golpe, casi ocho años en Francia. Intenté quitarle peso a las presiones, transmitirles confianza y decirles que cuando encarnamos una lengua —incluso la más propia— personificamos distintos temperamentos. No es una idea nueva, pero la recordé ahí, en ese aula: pensar en otra lengua nos permite observarnos de otra manera.</p><p>Pareciera evidente que en las películas, como en los libros, también viajan ideas; sucede algo similar con las lenguas. Ahora bien, cuando una lengua se nos impone, las ideas se filtran, como el agua. Así como las ideas, todos continuaríamos nuestro viaje. Los encuentros más profundos, muchas veces, son apenas una especie de trasbordo.</p><p>Entrando la noche, inesperadamente, Sonoko y Satoshi abrieron las puertas de su casa. Nos esperaba Yoko, la madre de Sonoko, cocinando. Durante los días de proyección había cuidado a Toki, su nieto. Con él, luego de entrar en confianza, jugamos al sumo. Me conmovió escuchar mi nombre pronunciado con el acento japonés de un niño que recién, con tres años, empieza a ver el mundo. Hubo un momento en que quise ser un niño japonés, solo para quedarme ahí y seguir creciendo.</p><p>Durante la comida hablamos de distintos temas. Pero Sonoko guardaba un tesoro para el final: contar que su afecto por la poesía era algo heredado de su abuela y de su madre, allí presente, que luego recitó dos haikus de memoria. Con ellos jugamos a traducirlos al vuelo entre el francés, el inglés y el español. Mientras tanto, Sonoko sacó un diccionario japonés que reúne las palabras ligadas a la poesía y a las estaciones. Me sorprendió —y me alegró— comprobar cómo son las mujeres quienes cuidan y transmiten estos poemas de generación en generación. Cuatro mujeres haikistas en una misma familia. Comprendí, en parte, que esa sensibilidad poética no era solo la de una profesora.</p><p>Antes de irme, ensayamos escribir un haiku. Pensamos primero uno y luego cambiamos la palabra mesa por sopa, que le daba el color otoñal que la estación pedía. Fue un gesto mínimo, pero exacto. Ahí experimenté —no solo entendí— que escribir también es saber cambiar una palabra a tiempo.</p><p>Pensé —sin decirlo del todo— que cuando en Occidente se intenta adaptar esta forma breve y profunda que es el haiku, suele olvidarse que la literatura es un hecho colectivo, que se cultiva en grupos, más allá de cuestiones técnicas: no necesita sujeto ni rima; y que, así como el tanka conserva el sentimiento, el haiku intenta atesorar el instante.</p><p>Ya en el tren: atrás queda Osaka. En el centro, los recuerdos: los momentos compartidos, los aprendizajes sobre la lengua, la cultura, los poemas, los escritores. Entre lo vivido y la idea de volver queda esa senda. Ahora, por delante, Kanazawa, en la otra punta de la isla, espera. Ahora sí, ya como un turista más. Antes me sentía entero: el que intenta hacer películas, el que escribe, el que da clases. Todo eso ya pasó. Ahora toca reinventarme en estas letras.</p><p>No soy de aquí ni soy de allá, dice la canción de Facundo Cabral, y a mí también me gusta pensar que ahora soy un poco de varios lados. Incluso que soy en estas letras y que en ellas florezco, aunque sea otoño, para luego ser fruto y semilla.</p><p>Sin embargo, soy consciente de una convicción simple: esta crónica saldrá en el diario de mi pueblo. Y eso alcanza. Alcanza para quedar en esa huella, para celebrar el mérito de haber llegado hasta aquí y para acercarme al deseo de compartir este viaje con mis hermanos, con la memoria de mis padres ya muertos, con amigos, seres queridos e incluso desconocidos. Saber que estas palabras llegarán a Villaguay sopla las velas de este viaje.</p><p>Así, lo recorrido les da vitalidad a estas palabras, y mi color local es una tela teñida de persistencia y durabilidad.</p><p>&nbsp;</p><p>Como en casala sopa ya servidada esperanza</p>]]>
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        <title>
            Interrupciones de Japón III
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                <![CDATA[Mario Daniel Villagra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/vJ2QyZ_TMcpdYeiRZiKkoaILaVI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/interrupciones_de_japon_iii.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Desde París, Francia</p><p>Osaka, 22 de noviembre de 2025</p><p>Alguna vez escuché que todo viaje comienza por ser imaginado; agregaría que también es hablado, conversado, porque en este hay algo de todo eso. Reviso las hojas pasadas del cuaderno y veo más que notas, nombres, fechas. Veo un guion de una vida que rueda y se registra en partes. Ningún viaje se hace solo, aunque haya momentos en los que se viaje a solas.</p><p>Hoy es la presentación de una de las películas que hice. Recorro los papeles impresos que me ayudarán a hablar esta noche en el Instituto Francés de Kansai, antes y después de la proyección. El título de la disertación es: «Silvia Baron Supervielle: un posible diálogo entre cine y poesía», y pienso: el cine es escritura puesta en movimiento y a sonar.</p><p>Desde un principio, literatura y cine se entrecruzaron en este proyecto. La idea de hacer películas sobre escritores nació al leer las cartas de Rainer Maria Rilke, «Cartas a un joven poeta», donde sugiere entrar en uno mismo y buscar la necesidad que nos impele a escribir. De allí surgió el nombre de la serie de poetas que comencé hace ya diez años: «Su móvil, nuestro móvil». La primera fue Marta Zamarripa, una poeta de pie; luego vino Miguel Ángel Federik, el poeta descalzo; después Arnaldo Calveyra, tras sus huellas.Y hoy, Silvia Baron Supervielle, será proyectada, luego de España, Argentina, Uruguay, Estados Unidos y Cuba, en Japón. Por eso digo que uno nunca viaja solo: porque ellos vienen conmigo o, mejor dicho, porque yo voy con ellos.</p><p>La poesía, el cine y el viaje se trenzan. Por un lado, escribí que pensamos filmar siguiendo su relato de vida, intentando traducir su obra a través de su voz, de los gestos cotidianos de una vida de escritora, en una luz familiar. Ahora, a mano, en un margen de la hoja impresa, agregué ayer que, después de pasar por el Museo de Artesanías y conocer más sobre el Arte Mingei, estas palabras cobraban otra dimensión y, en parte, parecieran justificar la decisión de la profesora Sonoko Sato en invitarme a proyectar la película para los suyos. No fue una gestión: fue una forma de hospitalidad intelectual, una manera de hacerse cargo del gesto universal y cotidiano que puede ser la poesía.</p><p>Más adelante leo que esta nueva película trajo algunas sorpresas: durante la grabación de un fragmento de «El río perdido», Silvia agregó una palabra que no existía en el texto publicado en papel: gaviota. Esa palabra, dicha frente al micrófono, cambió el texto original. Ese día comprendí que el cine también puede ayudar a reescribir la literatura.</p><p>Poco a poco, si uno viaja entero, el espacio compartido comienza a ser menos ajeno: el café de la avenida, en dirección a la estación de metro Honmachi; el chico de la hamburguesería a quien hoy saludo como a un vecino. Lo pondría como ejemplo de amabilidad: quiso ofrecerme el postre al verme ayudarlo a levantar mi plato y los tenedores sucios, cuando estaba por cerrar el local y yo era casi el último cliente. Compite con ese señor que estaba de guardia en un local de ropa de la estación Umeda y que salió de su puesto para acompañarme hasta la entrada correcta del metro que debía tomar antes de llegar al primer hotel.</p><p>Pienso en las imágenes que dejamos, y que tienen quizás más o menos efectos que las palabras. Es verdad lo que dice un maestro: cuando uno más construye un —o su— personaje, más difícil es mantenerlo. Por suerte, la literatura me enseñó que existen distintos tipos de personajes: principales, secundarios, bidimensionales, tridimensionales. El personaje del que escribe, en general, por ejemplo, tiene más imágenes sin escribir que escribiendo: cuando posa para la foto, con algún libro en la mano, en la cabeza, al lado de una biblioteca, con la mano en el mentón. En realidad, las imágenes que más existen en el imaginario colectivo son las del lector: en un banco de la plaza, en un sillón de la casa, en la mesa de un café, en un inodoro, de pie en el transporte público.</p><p>Eso implica, entonces, que la tarea de escribir no solamente es escribir. Por eso hay que ser responsable y no limitarse a alimentar el deseo de escribir: es mejor leer. Reconocer ese deseo es, ante todo, reconocerse y ser autocrítico con lo que uno va escribiendo, darse cuenta de si eso que uno esta escribiendo y quiere compartir sirve; del rigor con el saber que otros han ayudado a construir, y con que si lo que escribo a quién puede aportar en algo.</p><p>Hay una franja de tiempo entre las seis y las ocho de la mañana, aquí en Osaka, donde pareciera que el tiempo pasa lentamente, y puedo reflexionar sobre la marcha. En dos horas de Japón puedo ir y dar la vuelta al mundo: en Argentina son las dieciocho del día anterior, en Francia las veintidós. Mientras tanto, preparo el mate y voy hasta Argentina para ver el comienzo del atardecer. Paso de vuelta por Europa y veo mis plantas en el balcón, entre un sorbo y otro, hasta que, en un instante, me doy cuenta de que todo esto es más real de lo que parece. Que estas palabras no son solo tinta en un papel, sino mi manera de bendecir lo cotidiano, de trabajar con las manos esa parte artesanal que tiene que tener todo oficio para la vida: hacer hablar aquello que otros ven apenas como un decorado, siendo actores sin acciones.</p><p>Hay viajes que no avanzan: se demoran en el cuerpo. Por eso es mejor ponerse de viaje de cuerpo entero, si es posible, y no pensar en llegar como un destino, sino insistir en el tránsito, en el viaje mismo. Algo de eso me ocurre ahora. El desplazamiento ya pasó, ya está pasando —los aeropuertos, esta habitación, los horarios—, y queda una vibración, una especie de residuo que no sabe dónde acomodarse; quizá sea esa fiera que busca refugio. No es memoria ni proyecto: es una senda.</p><p>A las quince horas recibo un mensaje de Sonoko: me avisa que ya llegó, que está con Satoshi, su compañero, y que me esperan en la planta baja del hotel. Y llegan más sorpresas. Luego fuimos hasta donde sería la primera proyección. Hicimos la prueba de sonido y de imagen, y el cielo del Río de la Plata aparecía no como una revelación, sino como parte de un mismo camino. Salimos a tomar un café en el lapso que quedaba antes de la presentación y, de mi parte, sabiendo que existe una cultura de los regalos sentidos, preparé un cuadro con una fotografía de Sonoko y Silvia, tomada en Cerisy, sin saber todavía todo lo que vendría.</p><p>Poco antes de medianoche: la presentación fue sobria, casi silenciosa. Reconocí gestos, miradas, una atención que no necesitaba explicarse. Volví a ver a Sonoko: no como organizadora, sino como alguien que estaba ahí desde antes. Nos reencontramos sin decir demasiado, como si el tiempo hubiera seguido trabajando mientras no nos veíamos. A veces, volver a encontrarse no es retomar una conversación, sino confirmar que algo sigue en su macha.</p><p>Antes de llegar, había hecho el esfuerzo de no imaginar qué sucedería en las proyecciones, para que todo fuera sorpresa. Y eso ocurrió: la sorpresa de constatar que la literatura exporta imaginarios; que la película aportaba una imagen nueva de aquella zona austral de América del Sur; que, al decidir hacerme cargo de una película sobre Silvia, me colocaba, quizá sin saberlo, en una posición de defensa de su literatura, se su búsqueda estética. Pero tampoco hacía falta. En el fondo, entendí que no todo viaje viene a cumplir lo que promete; algunos vienen a desacomodar lo que uno traía preparado.</p><p>Escribir vuelve a ser una forma de medir la vida. No para ordenarla, sino para no perderla. El mundo sigue ofreciendo imágenes —cruces, objetos, gestos mínimos—, pero ya no como novedad, sino como eco. Tal vez sea eso: una interrupción después de la interrupción.</p><p>&nbsp;</p><p>Entre hojas caídas,destellos de París;poemas que cruzan fronteras.</p><p>Yoko Sato</p>]]>
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                <published>2026-02-02T13:38:48+00:00</published>
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            Interrupciones de Japón II
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                <![CDATA[Mario Daniel Villagra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/GTyRZOSLdval6CP65H_XzbOJLaw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/01/interrupciones_de_japon_ii.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Desde París, Francia</p><p>Osaka, Japón. 20–21 de noviembre de 2025</p><p>Llegado al aeropuerto internacional de Osaka, en la región de Kansai, le envío un mensaje a la profesora Sonoko Sato, con quien habíamos comenzado a planificar la subtitulación en japonés de la película sobre Silvia Baron Supervielle, que ella había visto en el Coloquio Internacional de Cerisy, en Francia, en 2024. Le explico, con la intención de verificar, que tomo el tren hasta Namba y que, desde allí, trataría de llegar hasta Hommachi, la estación más cercana al hotel.</p><p>Me responde luego que está contenta de que haya llegado bien a Japón, que había pensado pasar por el hotel esa misma tarde, pero que finalmente no podía: una estudiante había pedido una entrevista y, después, debía ir a buscar a su hijo a la guardería. Namba no quedaba tan lejos de su casa, pero no creía tener tiempo suficiente.</p><p>Me hacía ilusión verla el mismo día de llegada. Sin embargo, leí ese mensaje como una primera inmersión en la vida real de un ciudadano, no solamente de una profesora, y entendí que venía también —más allá de compartir una película y algunas charlas— a cruzarme con una vida real, o con varias vidas a la vez. Le propuse entonces encontrarnos al día siguiente, pasar por el hotel e ir juntos. Ella me respondió, con una amabilidad firme, que el evento era el sábado y que todavía estábamos a jueves. Anoté mentalmente la lección: en Japón, el calendario también educa y, en algunos momentos, nos regala algo de tiempo.</p><p>Luego de dejar la maleta, salí a caminar hasta llegar al canal Dōtonbori, donde las lanchas pasean a los turistas. Me quedé allí, mirando pasar la vida, hasta la hora de comer. Probé, sin querer, unas bolitas de arroz con un pedacito de pulpo como relleno. Después volví caminando y, al doblar en una esquina, ya entrada la noche, me encontré con una «geisha» —a las aprendices les dicen «maiko»—, una artista del movimiento, que avanzaba rápido con su estuche de shamisen, el instrumento musical japonés de tres cuerdas. El encuentro casual fue como ver la luna nueva asomarse detrás de un edificio.</p><p>De vuelta en el hotel, prendí la televisión y había sumō, como si estuvieran transmitiendo fútbol. Hice zapping y vi que la vida de allá y de aquí no se detiene. Tres horarios en mis conversaciones: Japón, Francia y Argentina. Entender lo que pueda, escribir lo que me atraviesa, soñar lo posible.</p><p>Mis primeras impresiones: el japonés es silencioso y amable y, aunque rodeados de tanta tecnología, ellos me hacen pensar que el humano nunca podrá ser reemplazado por la máquina. Intenté hablar, presentarme en japonés: —Villagra desu. Y lo tomaron con un sonrojo.</p><p>Me puse en viaje con el libro «Crónica japonesa», de Nicolas Bouvier. Algunas cosas resuenan. La diferencia es que, entre otras, él viajó más de una vez y, para mí, esta es la primera; pero creo que este viaje me seguirá por siempre y que podré volver cuantas veces necesite. Grata sorpresa abrir el libro y ver que la fecha de su primera crónica es el veinticuatro de febrero de 1964, la misma fecha de mi nacimiento, en 1987.</p><p>Por la mañana: los celulares han reemplazado a los libros, no del todo. Y yo, escribiendo a mano en una cadena de café, sintiéndome falsamente parte de una cultura mundial; no digo falsamente por mí, sino por el local climatizado, que parece ser de otro país y de otra estación del año. Mirando por la ventana, pienso que mi poema a la bicicleta tendría otro sentido aquí, porque la bicicleta no está enemistada con el hombre. Todo eso de proyectar mañana la película me lleva a pensar cómo va a reaccionar el público.</p><p>Quiero anotar el instante en que pedí mizu, agua, y me hice entender por la chica que atiende en el café. Sumimasen, kudasai: disculpe y por favor, respectivamente, dos palabras que abren cualquier conversación.</p><p>Por la tarde, de paseo por el Jardín de las Rosas de la Paz, pensé en Arnaldo Calveyra y su viaje a Japón. ¿Qué parque habrá visitado? Luego entré al Museo de Artesanía Popular de Japón, en Osaka, que se encuentra en el Parque Conmemorativo de la Exposición Mundial de 1970. El museo fue pensado para presentar la belleza del movimiento Mingei al mundo. Desde entonces, ha reunido cerámica, teñido y tejido de artesanía popular, carpintería y laca, trenzado y cestería, y celebra una exposición cada primavera y otoño.</p><p>El movimiento Mingei recupera y expone la artesanía popular del pueblo y la belleza de los objetos utilitarios cotidianos hechos a mano por artesanos anónimos, de generación en generación. Pero mi cabeza, como en esta escritura, comienza a desordenarse. Miro las pinturas «Dos bodhisattvas y los diez grandes discípulos de Shakyamuni», de Shikō Munakata, y no puedo dejar de pensar en «Las manos de la ira», de Oswaldo Guayasamín. Esto me habla de una comunicación necesaria, no solo de una generación a otra, sino entre culturas diversas.</p><p>Un mantel, una cuchara, una vasija: todo es sagrado cuando la belleza y lo divino forman parte de todos los días y no de otra vida por venir, donde el más allá es el más acá de los habitantes de la isla y de los campesinos.</p><p>En el Museo de Artesanía Popular de Japón, la señora que atendía me regaló un lápiz. Todo se recibe y todo se da con las manos hacia adelante, como en un cuenco, como una ofrenda.</p><p>Esto último me habla de la importancia de una comunicación más afectiva que efectiva, y de que, de ese modo, todo fluye casi de manera natural, aún cuando la rigidez de la lengua interfiere en esa comunicación.</p><p>Es posible que esa realidad frugal de la que habla Bouvier haya cambiado en este país, como han cambiado tantas cosas desde entonces. Pero quizá lo que no ha cambiado es el origen de muchos males: la ignorancia fundamental, el no saber a qué hemos venido a esta existencia. Y pienso que, en el fondo de ese mal, está el hecho de que la realidad humana todavía no ha aceptado la realidad del mestizaje. No aceptar, de hecho, hace más daño de lo que creemos. Aceptar esa verdad podría traer soluciones —y, en esa transición, nuevos conflictos—, pero soluciones al fin a problemas actuales como el hambre, el racismo o las guerras.</p><p>Mientras tanto, hay comunidades que van quedando por fuera de lo que hoy llaman globalización. En este punto, nada es tan originario como parece. Quizá deberíamos dejarnos atravesar por nuestra particularidad como especie: la diversidad. Ese parece ser uno de los verdaderos problemas de la época: la construcción de una sociedad capaz de respetar las singularidades y aceptar la realidad diversa.</p><p>Aquí, fotografía, shashin, quiere decir imagen-verdad: sha, «reflejar, copiar»; shin, «verdad, realidad». Una imagen que intenta decir lo verdadero. En ese sentido, la imagen del mundo que queremos construir todavía no ha sido tomada. Falta el encuadre: qué ponemos dentro y qué dejamos fuera.</p><p>Luego de, no sé… no sé… se supone que treinta horas, llegué a Osaka. Tenía pensado escribir semblanzas de las personas importantes, pero cada una de las personas que voy cruzando lo es a su manera. Así encontraría, quizá, la esencia del pueblo japonés. Pero hacía tiempo que no me pasaba esto de no tener fuerzas para escribir. Fuerzas físicas, no morales. Treinta horas: el cuerpo también llega después.</p><p>Mientras cae la yerba mate en Osaka,Ian mira «Dragon Ball Z» en Córdoba,Duda y Vadrían inventan un cuento en Caparica.Abre sus alas la mariposaque Eduardo despierta en París,y en ese leve instante —de aquí y de allá—algo nuestro, naciendo, seguirá,como un hilo de tiempo que el mate no corta.</p>]]>
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            Interrupciones en Japón I
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                <![CDATA[Mario Daniel Villagra]]>
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Viajar, pienso ahora, no es desplazarse: es interrumpirse.</p><p>En la sala del aeropuerto Haneda de Tokio, como todo aquí, parece antiguo y nuevo a la vez; el diseño que antes se hacía con algún mineral ahora se hace con plástico o con algo parecido; o con madera, siempre la madera. A diferencia de otros aeropuertos en los que estuve, aún me siento en el país por las opciones que brindan las cafeterías, como si elegir qué beber fuese también una ceremonia del adiós. Todo me pareció más fácil y más amable en Japón, como si el país malacostumbrara al cuerpo a una suavidad que después cuesta abandonar.</p><p>Subo al avión, busco la fila cuarenta y siete, zona cuatro, asiento G. A mi lado derecho, sobre el pasillo, un hombre mayor, con aspecto de experimentado entrenador de sumō, de unos ciento veinte kilos, ya esperaba acomodado con paciencia, como si ese gesto fuera parte del viaje. Nada lo impacienta, me digo, mientras alguien comienza a levantarse y a dar indicaciones sobre cómo sería posible reacomodarse en distintos asientos para que algunos que viajaban juntos viajaran más juntos aún, casi pegados. Cambios que no necesitaban hacerse, esta persona los proponía.</p><p>Hasta que un miembro del personal del avión le hizo ver que todo eso complicaría las cosas a la hora del descenso de los pasajeros y que era mejor quedarnos como estábamos. Me sorprendí a mí mismo quedándome fuera de todo ese movimiento, como si el cuerpo aprendiera más rápido que la cabeza. No hay prisa, pero tampoco hay pausa: hay un ritmo compartido. Cuando el hombre se levantaba, yo me levantaba; cuando venían las azafatas, él pedía con la mano y con la cabeza, y yo también.</p><p>En un momento, al descender, sentí ganas de agradecerle por el cómodo viaje compartido, pero no me animé. Tampoco me animé a preguntarle si hacía un trasbordo o si viajaba a París, como excusa para sacarme la duda de si realmente era entrenador. Luego lo vi, después de recuperar el equipaje, fumando en un espacio reducido del aeropuerto Charles de Gaulle.</p><p>Me pregunto, quizá al vuelo e ingenuamente enjaulado como el gorrión de Sōseki, hasta qué punto el pasado imperial ha hecho de este pueblo algo así de calmo, así de disciplinadamente amable. Esa amabilidad —las reverencias del cuerpo cada vez que se saluda— parece parte de un mandato. Del imperio a la república; del autoritarismo imperial de guerra a una república tutelada. Sin experiencias socialistas, sin un «febrero», sin un «mayo», sin un «octubre», no lo sé. Hay algo de la teoría que no termina de cuajar. Un país desarrollado genera, teóricamente, todas las condiciones para una revolución. Al menos en los papeles. Así, la emancipación del hombre por el hombre deja de ser solo un objetivo histórico y se vuelve también un gesto individual cotidiano; y con esto no bajo la bandera, solo quisiera darle un soplo de aire nuevo para que siga flameante.</p><p>Tal vez por eso busco imágenes que me ayuden a pensar lo que no termino de entender. Pienso nuevamente en la película «Perfect Days», que sucede en este mismo escenario. ¿No será ese personaje el arquetipo que propone cierto ideal de ciudadano? Emancipado de su propio destino social, alguien que, entre la vida de la naturaleza y la del cosmos, articula su vida humana como un mensaje silencioso.</p><p>12 a. m. Esta es ahora otra parte de la realidad: la de llegar a París, donde resido, y volver a encontrarme con la vida dejada aquí. Pero ahora llevo los souvenirs del viaje entre presentar una película dos veces, dar dos charlas y luego quedar como turista. Es la realidad de «arar, yendo y viniendo», como dice Bashō, y de cuidarse al habitar las pausas, los proyectos, los defectos y las virtudes.</p><p>Hay algo que llaman syndrome de París, que sufren algunos turistas japoneses al llegar: un supuesto conjunto de «síntomas» del desencuentro entre expectativa y realidad, pero que no dice mucho más sobre las personas. Yo no soy un turista en Francia —al menos no todo el tiempo, ni administrativamente—, y no se trata de un diagnóstico del cuerpo social, pero sí de un cambio que resulta notorio. En Japón, aunque el ruido industrial existe —sirenas, motores, máquinas, hasta explosiones—, la gente es más silenciosa, más respetuosa del lugar del otro. Aquí, al llegar, los cuerpos se desbocan: parlantes de celulares abiertos en el transporte público (no importa con qué edad), jóvenes que gritan, que se empujan, que juegan a pelearse.</p><p>Otro contraste es la basura. En Tokio, en Kioto, en Ōishi —por dar tres ejemplos de diferente densidad poblacional—, ver a alguien tirar un papel o un cigarrillo al suelo es raro y está prohibido —incluso hay trabajo voluntario, en horario de oficina, para juntar papeles en las calles—. Aquí no: hay basureros públicos, sí, a diferencia de Japón, pero igual la basura aparece en la calle, como si el hecho de existir o no existir cestos implicara tener o no tener una responsabilidad individual sobre el bienestar colectivo.</p><p>En fin, estas notas —y otras que fui haciendo en dos cuadernos— podrían llamarse mi parte de la verdad. Por un lado, porque no renuncio a la idea de la verdad, a esa verdad a la que, como individuos, podemos aproximarnos. Una verdad siempre incompleta, siempre en borrador. Por otro, porque otras personas participan necesariamente de esta verdad histórica: de lo que viví, de lo que vine —o fui— a hacer. Las personas que fueron parte del viaje sostienen la otra mitad. A ellos les corresponde la otra parte de la verdad.</p><p>El yo, dicen, es una vergüenza según el confucianismo, todavía arraigado en Japón. Tal vez por eso esta escritura intenta correrse del centro: porque el yo, aquí, es apenas una bisagra entre mundos. Voy a invertir la cronología —ir de la última a la primera— porque volver sobre lo ya escrito es un viaje de regreso, no de ida, y así, cuando el lector entre, todo ya habrá ocurrido y se le quitará toda responsabilidad sobre lo ya perdido.</p><p>De este viaje</p><p>regresa mi yo-cuerpo</p><p>y otro yo sigue</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/EMRL98zGC9BS_12qc1lOkhnuPMc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/01/interrupciones_en_japon_i.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Desde París, FranciaTokio, 3 de diciembre de 2025 – París, 4 de diciembre de 20257 a. m. Según Natsume Sōseki, «Tokio es un lugar tan intenso como ter...]]>
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                <updated>2026-04-12T22:35:04+00:00</updated>
                <published>2026-01-15T23:50:54+00:00</published>
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            Entre la igualdad y la libertad educativa
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                <![CDATA[Diario El Pueblo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/GMstO8FNpllQbkadKVz2P_bhTGE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/12/entre_la_igualdad_y_la_libertad_educativa.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por estos días, la discusión educativa en la Argentina vuelve a ocupar titulares. El Gobierno propone revisar la Ley 26.206, avanzando hacia una nueva normativa que otorgue mayor protagonismo a las familias y a las instituciones privadas, mientras el Estado sería relegado a un rol subsidiario. Es tentador tomar una posición clara y rápida. Pero en educación, lo urgente no debe desplazar a lo importante: antes de definir si una nueva ley es indispensable, vale la pena evaluar con honestidad qué funcionó —y qué no— de la ley vigente.</p><p>La 26.206 se propuso algo ambicioso y valioso: garantizar que el derecho a la educación fuera real en todo el territorio nacional. Aspiraba a un sistema más amplio, inclusivo y equitativo, con calidad democráticamente distribuida. Dos décadas después, algo está claro: el acceso se amplió; la igualdad, no lo hizo con el mismo vigor.</p><p>Hoy, el sistema cuenta con un nivel de matrícula sustancialmente mayor que hace veinte años: más estudiantes, más modalidades, más obligatoriedad. Eso debe reconocerse. El país logró que entrar a la escuela sea mucho más probable. Pero ese logro cuantitativo no siempre se traduce en aprendizajes profundos, trayectorias completas o igualdad real de oportunidades. Las brechas provinciales, socioeconómicas y de resultados se mantienen; la terminalidad secundaria sigue siendo desigual; los niveles de comprensión y rendimiento no son homogéneos.</p><p>Entonces: ¿es necesaria una nueva ley? Tal vez. Pero la respuesta no debería provenir de consignas ideológicas, sino de un diagnóstico serio. Las leyes educativas no son gestos fundacionales que borran el pasado: son herramientas perfectibles que deben construirse sobre lo ya conquistado. Derribar lo anterior sería tan temerario como negar su necesidad de reforma por temor al cambio.</p><p>Si la Argentina decide avanzar hacia un nuevo marco legal, convendría que lo haga combinando dos principios difíciles, pero compatibles: libertad de elección educativa y garantía de igualdad de oportunidades. Un sistema que promueva la innovación, la diversidad y la libertad no puede, a su vez, renunciar a su deber de asegurar que ningún niño o joven quede excluido por su origen o contexto. Si en nombre de la libertad educativa se consagra la desigualdad estructural, la sociedad pierde. Si en nombre de la igualdad se impone un modelo estatista y rígido, la escuela pierde pluralidad.</p><p>El peor escenario sería repetir el ciclo de siempre: una ley concebida en función de la coyuntura política, defendida por unos, temida por otros, y modificada con cada cambio de gobierno. La educación argentina necesita políticas de Estado, no programas de campaña. Ninguna mejora profunda ocurrirá sin consensos sostenidos, financiamiento consistente, evaluación rigurosa, formación docente permanente y un compromiso real con los estudiantes.</p><p>La discusión, entonces, merece tiempo, datos y sentido común. Ninguna ley podrá cumplir su cometido si se la adopta como símbolo. Pero un estatuto claro, pensado para equilibrar libertades individuales y derechos colectivos, con reglas estables y sistemas de equidad, podría acercar a la escuela al ideal que la Constitución y la sociedad aspiran: un sistema educativo más libre, y al mismo tiempo, más justo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/GMstO8FNpllQbkadKVz2P_bhTGE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/12/entre_la_igualdad_y_la_libertad_educativa.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Por estos días, la discusión educativa en la Argentina vuelve a ocupar titulares. El Gobierno propone revisar la Ley 26.206, avanzando hacia una nueva...]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-12T22:35:04+00:00</updated>
                <published>2025-12-03T16:41:12+00:00</published>
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            ¿Puede una opositora saludar? Cuando los jueces hacen política
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        <author>
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                <![CDATA[Mariano Giampaolo]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/h4m0TGjXE25QtzAWk_BGwGNUVqI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/06/critina_kirchner.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La reciente resolución del Tribunal Oral Federal N°2, que “autoriza” de manera ambigua y amenazante a la dos veces presidenta, una vez vicepresidenta y actual principal figura opositora a asomarse a su balcón durante su prisión domiciliaria, expone una situación tan insólita como preocupante: la intervención del aparato judicial para regular el acto humano básico de saludar desde el domicilio particular a quienes, espontáneamente y en forma masiva, se congregan en la vía pública y el pánico a que el menor acto genere un&nbsp;empeoramiento arbitrario del cumplimiento de una condena de por si infundada.</p><p>El hecho en análisis periodista y judicial, lejos de tratarse de una provocación política o una acción para atraer público,&nbsp;es una lógica respuesta a&nbsp;los manifestantes que concurren por propia voluntad, impulsados por el afecto y el reconocimiento hacia una dirigente que consideran víctima de persecución judicial y única capaz de sacarlas del pozo de desocupación y perdida de su poder adquisitivo, y en ese marco le solicitan, mediante cánticos, aplausos y expresiones de respaldo, que se asome y les devuelva un gesto. No es ella quien convoca: solo responde&nbsp;respetuosa del amor que se le expresa.&nbsp;</p><p>El fallo judicial —firmado por los jueces Rodrigo Giménez Uriburu y Jorge Gorni del Tribunal Oral Federal N°2,— señala que no se le ha vedado el uso de ningún espacio del inmueble, pero exige que actúe con “criterio, prudencia y sentido común” para evaluar si su salida al balcón constituye una “perturbación” a terceros. Tal formulación peca de ambigüedad y sugiere un estándar subjetivo, de cumplimiento imposible sin riesgo de sanción arbitraria que es solicitada a gritos por la potencia de inmensos multimedios que exigen castigo a esa mujer. Sin preguntarse objetivamente ¿Cuándo un saludo es inocuo y cuándo sería “perturbador”? ¿En qué legislación se configura ese tipo de infracción?</p><p>La respuesta debe buscarse en el plano de los derechos fundamentales, que no pueden ser relativizados por interpretaciones morales o valorativas del poder judicial. Tanto la Constitución Nacional (art. 18 y art. 75 inc. 22) como los tratados internacionales de jerarquía constitucional —como el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, en su artículo 10.1— establecen que “toda persona privada de libertad será tratada con el respeto debido a la dignidad inherente al ser humano”. Ese precepto no es retórico: prohíbe los tratos inhumanos o degradantes y exige que las medidas de detención no se conviertan en formas de castigo, ya abundas con salida del medioevo.</p><p>La prisión domiciliaria, en particular, no autoriza al Estado a vigilar, ni censurar actos privados sin incidencia procesal o penal. Mucho menos cuando esos actos son respuestas espontáneas a demostraciones públicas de afecto y solidaridad. El gesto de saludar desde un balcón no afecta la seguridad pública, no entorpece el proceso penal, ni vulnera derecho ajeno alguno.</p><p>Resulta paradójico que ciertos jueces a la vez que desplieguen energía para pronunciarse rápidamente sobre estas nimiedades o causas que generaron más descredito en la población, tiene tiempo además para jugar al futbol, visitar y comer en lujosos hoteles del Lago "Escondido", no lo tenga tiempo para resolver otras causas de gravísima trascendencia institucional —como delitos de lesa humanidad pendientes, crímenes impunes (Loan, Maldonado, Intento de Magnicidio, Cripto Estafa Milei, etc), fraudes estatales (Macri, el correo y los Peajes, etc) o endeudamientos ilegales (Caputo, Milei) — permanecen estancadas por años. Es el síntoma del enquistamiento de actores quirúrgicamente ubicados (Por Macri y la Mesa Judicial filmada y ocultada) en una Justicia desbalanceada: hiperactiva cuando se trata de controlar gestos simbólicos contra una dirigenta opositora, pero omisa frente a violaciones estructurales de derechos.</p><p>Más aún, mientras esta justicia se inquieta por un saludo desde el balcón, guarda silencio ante los discursos de odio, las agresiones verbales y la estigmatización de minorías por parte del actual presidente. Dichas conductas, lejos de ser inocuas, podrían configurar —según los estándares de los sistemas internacionales de derechos humanos— infracciones al deber estatal de proteger a grupos vulnerables. Sin embargo, lejos de recibir sanción, reciben amplificación mediática.</p><p>En conclusión, la pregunta que se impone no es si una persona puede saludar desde su casa. La pregunta es qué tipo de Justicia estamos construyendo: una que garantice la dignidad y los derechos de todas las personas —aun las sometidas a proceso—, o una que instrumentalice el derecho penal como herramienta de disciplinamiento simbólico y selectivo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/h4m0TGjXE25QtzAWk_BGwGNUVqI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/06/critina_kirchner.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La reciente resolución del Tribunal Oral Federal N°2, que “autoriza” de manera ambigua y amenazante a la dos veces presidenta, una vez vicepresidenta...]]>
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                <updated>2025-06-21T16:13:54+00:00</updated>
                <published>2025-06-21T16:12:15+00:00</published>
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            Justicia para todos (y todas)
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                <![CDATA[Juan Manuel Fabricius]]>
            </name>
        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/gWRy5BBwwZNCk773EGzhuC3mPl8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/06/justicia_para_todos_y_todas.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>La reciente resolución de la Corte Suprema de Justicia de la Nación respecto a la condena de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner por la denominada Causa Vialidad ha marcado un nuevo hito en la historia judicial y política argentina. Sin profundizar en los aspectos técnicos de la causa, ampliamente descriptos en las últimas semanas, resulta inevitable analizar las repercusiones de este fallo en la sociedad y su proyección a futuro.</p><p>Un sector significativo de la opinión pública celebra la decisión con una efusividad que trasciende lo estrictamente judicial. Para muchos, ver a Cristina condenada es un triunfo esperado, una especie de reparación simbólica ante años de sospechas de corrupción que han marcado su gestión y su legado político. Sin embargo, este entusiasmo pocas veces se detiene en los detalles del fallo ni en el proceso que llevó a la condena, un proceso que ha sido seriamente cuestionado por juristas y periodistas de investigación, quienes advierten inconsistencias y una preocupante escasez de pruebas concluyentes que determinen con certeza su culpabilidad. En lugar de apoyarse en evidencias irrefutables, el fallo parece cimentarse en una presunción de culpabilidad que muchos ya daban por hecha.</p><p>Este clima de certeza emocional sobre la culpabilidad de la expresidenta no se limita a esta causa en particular; más bien, es una sensación extendida en la sociedad: Cristina es culpable, sin importar de qué se la acuse ni cuántas pruebas haya o falten. El problema es que la Justicia no puede depender de percepciones ni de climas sociales, sino de pruebas firmes y de procesos transparentes. De lo contrario, cualquier fallo -actual o futuro- siembra dudas.</p><p>Incluso en el escenario en que la solidez del caso fuera indiscutible, los antecedentes de los jueces involucrados proyectan algunas sombras sobre la imparcialidad de sus fallos. No son pocas las fotos, videos y publicaciones que exponen sus vínculos con el macrismo y con sectores del poder que históricamente han sido opositores al kirchnerismo.</p><p>Las dudas y sospechas en torno a la independencia del tribunal son el bastión de quienes defienden a la exmandataria, exigiendo la revisión del fallo y proclamando su inocencia. En este escenario, la condena no hace sino revivir una de las fracturas fundamentales de la historia argentina: la lucha entre peronismo y antiperonismo. Incluso podríamos remontarnos a la década del 30 y a la figura de Hipólito Yrigoyen para recordar cómo los liderazgos populares han sido recurrentemente enfrentados por los poderes económicos y conservadores. Argentina, fiel a su tradición política, parece estar escribiendo un nuevo capítulo de esa eterna confrontación.</p><p>A esto se suma el papel de ciertos periodistas, quienes han demostrado que el análisis crítico y objetivo cede cada vez más lugar a la militancia mediática. Tal como se mencionó en una columna anterior, la actitud de muchos comunicadores recuerda más a la de jefes de hinchadas&nbsp;que a la de profesionales que buscan esclarecer los hechos. La condena a Cristina no solo fue informada, sino festejada como una victoria en una batalla política, dejando a un lado la responsabilidad de poner en cuestión los procedimientos y garantizar el equilibrio de voces en el debate público.</p><p>Lo ocurrido pone en evidencia, una vez más, la urgencia de que los máximos representantes de la justicia en Argentina sean personas de trayectoria intachable, que su nombramiento no dependa de simpatías políticas, sino de una capacidad indiscutible de imparcialidad y rigor en su labor. La confianza en el sistema judicial es un pilar fundamental de cualquier república, y su deterioro arrastra consigo la credibilidad democrática. Y en este sentido, sería bueno que estos mismos jueces que no dudaron en condenar a una expresidenta tampoco demoren en ocuparse de las causas que involucran a otros exmandatarios como Mauricio Macri, Alberto Fernández o incluso al actual presidente, Javier Milei.</p><p>Solo así, será Justicia.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/gWRy5BBwwZNCk773EGzhuC3mPl8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/06/justicia_para_todos_y_todas.png" class="type:primaryImage" /></figure>La reciente resolución de la Corte Suprema de Justicia de la Nación respecto a la condena de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner por la den...]]>
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                <updated>2025-06-17T13:40:18+00:00</updated>
                <published>2025-06-17T13:37:10+00:00</published>
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            Los riesgos duales de un periodismo complaciente
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                <![CDATA[Juan Manuel Fabricius]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.elpueblovillaguay.com.ar/noticia/los-riesgos-duales-de-un-periodismo-complaciente">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/m8blHCtYiC-Uvvi-M3bs75tpn54=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/06/los_riesgos_duales_de_un_periodismo_complaciente.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El 7 de junio, Argentina celebra el Día del Periodista, recordando la fundación de La Gazeta de Buenos Ayres por Mariano Moreno en 1810. Aquel primer periódico no pretendía los aplausos de sus lectores, sino plantear verdades incómodas: la importancia de un pueblo informado, la libertad de expresión y el debate público, y la rendición de cuentas de los gobernantes.</p><p>Más de dos siglos después, el periodismo muestra una peligrosa deformación de su esencia con esta suerte de "periodismo para la hinchada", que optan ejercer cada vez más periodistas y medios. Una práctica que deja de lado la búsqueda de la verdad para convertirse en un eco complaciente de las ideas y prejuicios de su audiencia.&nbsp;</p><p>Si la audiencia cree que el gobierno es un desastre, encontrarán periodistas que lo dirán con fervor. Si creen que la oposición es lo peor que le pasó al país, tendrán comunicadores que les confirmarán cada sospecha. Y así, la rueda gira sin fricción, sin preguntas incómodas, sin información que realmente nos permita entender lo que pasa más allá de nuestras propias convicciones.</p><p>La propuesta prende. Vende. Fideliza seguidores. Genera rating. En tiempos de redes sociales y polarización extrema, decirle a la gente lo que quiere escuchar parece ser el camino más fácil para ganar influencia.</p><p>Lo que alguna vez fue una profesión dedicada a la investigación rigurosa y la fiscalización del poder como garantías de credibilidad, hoy se confunde cada vez más con el entretenimiento. Muchos periodistas se han convertido en operadores demagógicos que priorizan la espectacularidad por sobre la veracidad. Buscan indignación, clics y tendencia en redes antes que contexto y profundidad. El resultado es un periodismo debilitado, cada vez más cuestionado y asociado con intereses económicos, políticos o simplemente con la necesidad de alimentar egos y audiencias.</p><p>Pero el problema no es solo de quienes ejercen este periodismo, sino también de quienes lo consumen. Las audiencias alimentadas por medios que solo refuerzan sus sesgos de confirmación terminan viviendo en una realidad ficticia. Se engañan a sí mismas al elegir solo aquellas narrativas que les resultan cómodas y rechazar cualquier información que las confronte.</p><p>Sin embargo, la realidad, tarde o temprano, golpea la puerta. Y cuando lo hace, los ciudadanos que han vivido dentro de burbujas mediáticas se ven completamente desarmados. No saben cómo reaccionar ante hechos que no esperaban, porque simplemente nunca quisieron verlos.&nbsp;</p><p>Ejercer el periodismo responsable es difícil. Decir la verdad, aunque duela, conlleva el riesgo de perder seguidores, recibir insultos y enfrentar presiones. Pero es la única manera de garantizar que la sociedad no quede atrapada en su propio reflejo.</p><p>En este Día del Periodista, vale la pena preguntarnos qué tipo de periodismo queremos: ¿uno que nos confirme lo que ya creemos, o uno que nos ayude a ver el mundo como realmente es? Si elegimos lo primero, estaremos condenados a vivir en una democracia frágil, en un país donde la verdad siempre llega tarde, y donde el periodismo deja de ser una herramienta de cambio para convertirse en un instrumento de complacencia.</p><p>En una sociedad donde la información es moldeada para agradar y no para informar, la capacidad crítica se erosiona. Y sin ciudadanos críticos, la democracia se debilita. Porque si solo vemos el mundo como queremos verlo y no como realmente es, nuestras decisiones—electorales, económicas, sociales—se basarán en ilusiones. Y como decía Mariano Moreno: "Si los pueblos no se ilustran, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y será tal vez su suerte mudar de tiranos sin destruir la tiranía."</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/m8blHCtYiC-Uvvi-M3bs75tpn54=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/06/los_riesgos_duales_de_un_periodismo_complaciente.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El 7 de junio, Argentina celebra el Día del Periodista, recordando la fundación de La Gazeta de Buenos Ayres por Mariano Moreno en 1810. Aquel primer...]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2025-06-09T17:00:32+00:00</updated>
                <published>2025-06-09T16:56:11+00:00</published>
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        <title>
            Qué es periodismo y qué no lo es
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                <![CDATA[Egidio Luis Jacobi]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/OPCD0ZGX9ZQcYfHzxsOicuyEsSI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/06/que_es_periodismo_y_que_no_lo_es.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En la era de la posverdad, donde los sentimientos y creencias personales pesan más que los hechos comprobables, donde la verdad deja de importar si lo que dice confirma lo que el público quiere oír, cuando la emoción le gana a la evidencia, es tiempo de repensar el lugar que ocupa el periodismo profesional.&nbsp;</p><p>Es un tiempo, no nuevo, donde cualquier persona con una conexión a internet puede “comunicar”, guiada tan solo por su interés personal, sus frustraciones, sus anhelos, su acendrada ideología, su vocación o su pasión por trascender y sumar seguidores. Pero eso no equivale automáticamente a ‘hacer periodismo’.</p><p>Periodismo profesional no es el que se queda con la primera imagen que filma y comenta u opina en tiempo real sin conocer el contexto de la acción que muestra, no está interesado en buscar la verdad y transmitirla con responsabilidad. El que sale con un celular a mostrar cómo se tapa un bache en la ruta y maltratar a los obreros que presuntamente lo hacen mal, y en el acto suelta improperios contra el organismo vial o el gobierno en su conjunto, carece de método para indagar, carece de fuentes (es él y su primera impresión), no contextualiza, no discierne, y mucho menos asume una responsabilidad pública como el periodista que responde ante la sociedad, no solo ante su audiencia o su tribuna ideológica.</p><p>No se puede llamar periodismo a todo aquello que se limita a opinar sin datos, no puede ser llamado así quien con un celular en mano remata con frases como “yo te muestro, vos sacá tus propias conclusiones”, posición que resulta muy cómoda porque no implica pasarse horas al teléfono o haciendo antesala para entrevistar a alguien, a efecto de chequear o contrastar sus datos, u otorgar el derecho a defensa.</p><p>Muchos youtubers, streamers, influencers o tuiteros se autodenominan “periodistas”, o terceros los llaman así, porque comentan la actualidad o “descubren cosas”. Pero eso no los convierte en tales. Pueden ser útiles, pueden revelar aspectos interesantes o incluso marcar agenda, no podemos negarles utilidad ni es nuestro propósito, pero si no siguen los principios básicos de verificación, ética e independencia, están haciendo comunicación personal, no periodismo.&nbsp;</p><p>También hay que reconocer que el universo de los medios tradicionales se ve nublado, por no decir oscurecido, por los que invierten para ser propietarios de medios en defensa de sus intereses y para asistirse con ellos con afán de multiplicar sus negocios políticos o económicos, para presionar gobiernos, etcétera, por lo que el periodismo tradicional (nosotros lo somos) debe hacer su mea culpa porque aquellos son parte de la decepción de la sociedad para con el periodismo en general.</p><p>En cuanto a lo que nos ocupa en esta nota, periodistas y no periodistas somos conscientes de vivir bajo la lógica de los algoritmos, que privilegian el impacto sobre el rigor. De vivir en la era de “la noticia deseada”, donde muchas personas solo quieren leer o escuchar al periodista que les confirma lo que ellos creen, suponen, o gustan. En ese contexto, los contenidos periodísticos compiten en desigualdad con aquellos que apelan a lo emocional, lo escandaloso o lo sensacionalista, y esto ha erosionado la autoridad del periodismo tradicional. Pero eso no debe llevarnos a relativizar su definición.</p>Una defensa necesaria<p>En un mundo saturado de voces, el periodismo es más necesario que nunca. No como un oficio arrogante, sino como una tarea humilde y persistente de quienes entienden que la verdad no es un bien de consumo rápido, sino un compromiso. Que no todo el que habla o escribe informa, y que no todo el que informa lo hace con responsabilidad profesional.</p><p>Por eso, si el periodista investiga, contrasta, contextualiza y discierne con honestidad, hace periodismo. Si solo da su opinión o su propia interpretación sesgada por preconceptos, se hace eco de rumores o prioriza su interés o ideología sin declarar sus fuentes ni respetar los hechos, no lo hace, aunque tenga miles de seguidores o “me gusta”.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/OPCD0ZGX9ZQcYfHzxsOicuyEsSI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/06/que_es_periodismo_y_que_no_lo_es.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El oficio de discernir en tiempos de confusión]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2025-06-07T19:00:03+00:00</updated>
                <published>2025-06-07T19:00:00+00:00</published>
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            El periodismo en tiempos de vértigo: entre la crisis, la reinvención y la búsqueda de credibilidad
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        <author>
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                <![CDATA[Mariano Jacobi]]>
            </name>
        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Yf8C7LSvwmjdX4wOAzzw1h7Tw7E=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/06/periodista.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La función del periodismo como pilar de la vida democrática, su supuesta agonía, su vigencia y sus nuevas formas de existencia son temas que a diarios nos inquietan a quienes nos desempeñamos como periodistas. En un contexto donde la instantaneidad prima sobre la reflexión, donde las redes sociales moldean percepciones y hábitos de consumo, y donde los recursos en las redacciones se han ido achicando producto de una reconversión económica y tecnológica que se acentuó pos pandemia; se hace en las redacciones cada vez más necesario repensar cómo ejercer el oficio de informar con responsabilidad y compromiso.</p><p>La estructura tradicional del negocio periodístico ha sufrido transformaciones profundas, que comenzaron a acentuarse teniendo un impacto más fuerte y dinámico hace una década. Las redacciones se han vuelto espacios más silenciosos y virtuales, y los periodistas trabajamos más conectados que nunca, pero muchas veces contamos con menos herramientas y recursos económicos. La lógica del “primero en publicar” supo imponer ritmos frenéticos en el trabajo diario, conllevando a alejarnos del terreno y sumergirnos en pantallas, donde las fuentes pasaron a emitir su propia versión de los hechos sin mediación ni contexto.</p><p>Frente a este panorama, en El Pueblo comenzamos a repensar la labor y el ejercicio del periodismo, reafirmando la premisa fundacional de realizar un trabajo independiente y profesional, que ratifique el valor de la noticia y los temas. A su vez, nos propusimos a través del medio o marca periodística que conformamos, afirmar esa reputación que con el tiempo se nos ha otorgado a partir de la libertad de opinión que hemos ejercido, y que nos ha significado la fortaleza de la credibilidad de nuestros lectores. Una labor que ha sido y es respaldada por el tiempo. Una tarea que venimos construyendo paso a paso, y con mucho esfuerzo. Un proceso, que no amolda a nuestros periodistas y al medio en medirse por un “like” momentáneo; porque consideramos que el trabajo que realizamos conlleva una mirada a largo plazo, con base en la credibilidad, la rigurosidad y la conexión con cada comunidad a la que llegamos. Esa reputación, construida día a día, nos permite preguntar sin concesiones, informar con responsabilidad y sostener la confianza ciudadana.</p><p>En un tiempo donde la experiencia del usuario dura lo que tarda en deslizar el dedo sobre la pantalla, el compromiso periodístico que ejercemos en El Pueblo, no puede reducirse a lo efímero. Nuestro medio y sus periodistas se anclan en lo local, en las historias propias, en el desarrollo de una narrativa que permite comprender lo complejo y marcar el rumbo de una sociedad que busca sostener sus instituciones democráticas en medio de tensiones constantes.</p><p>En este marco, creemos fervientemente que la labor que ejerce la prensa no solo informa: educa, orienta, da sentido. Por eso, el rol que ejercen los periodistas se vuelve cada vez más central en momentos de fragilidad institucional. Estamos convencidos que el periodismo profesional, libre e independiente, es una garantía para el desarrollo democrático, y su vigencia se expresa también en los datos.</p><p>Según un reciente estudio de la consultora Trends, presentado por los especialistas Gonzalo de Janín y Ramiro Fernández en el marco previo de la celebración del día del periodista, a 215 años de la publicación del primer medio gráfico en el territorio argentino; en nuestro país el 65,8% de quienes se informan por redes sociales acceden principalmente a cuentas de medios tradicionales y periodistas profesionales. Además, los medios masivos representan el 61,9% de las fuentes de información consultadas regularmente por los argentinos, con canales de noticias, televisión abierta y diarios como principales referentes.</p><p>También crece el interés: el 64% de los argentinos declara estar muy o bastante interesado en las noticias. Y aunque el ecosistema mediático está en transformación, la confianza en los medios aún alcanza el 59,1%, siendo la “credibilidad” el aspecto más valorado por el 59,6% de los encuestados.</p><p>En un entorno digital ruidoso y fragmentado, donde abundan los voceros interesados y los influencers desinformados, desde El Pueblo reafirmamos nuestra idea de que el periodismo profesional sigue siendo ese resguardo para quienes buscan comprender la cotidianeidad de su ciudad, lo que ocurre en la provincia o el país, a partir de una mirada colindante. El futuro del trabajo que realizamos como periodistas, y como medio de comunicación; presenta aún incertidumbre sobre la metodología de sustentabilidad económica; y fundamentalmente dependerá de la capacidad que continuemos teniendo para adaptarnos a las tecnologías, formas de trabajo y financiamiento, sin perder nuestra esencia: preguntar, contrastar, narrar con profundidad y comprometernos con la verdad.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Yf8C7LSvwmjdX4wOAzzw1h7Tw7E=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/06/periodista.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>En un escenario marcado por la inmediatez, la globalización y la desinformación, los profesionales de la prensa nos enfrentamos al desafío de sostener el periodismo como herramienta clave para la democracia. La credibilidad, la calidad informativa y el compromiso con la sociedad, en el centro del debate.]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2025-06-07T18:30:04+00:00</updated>
                <published>2025-06-07T18:30:00+00:00</published>
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        <title>
            La Argentina que sangra
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                <![CDATA[Juan Manuel Fabricius]]>
            </name>
        </author>
        
                                        <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/JD9-pRAOr3MpMERDwLuG_muhP7w=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/05/la_argentina_que_sangra.png" class="type:primaryImage" /></figure>El Tedeum del pasado 25 de Mayoen la Catedral Metropolitana de Buenos Aires fue más que una ceremonia religiosa: fue un llamado urgente a la reflexión...]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2025-05-27T19:46:56+00:00</updated>
                <published>2025-05-27T19:46:55+00:00</published>
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            La “motosierra” y el abandono de la seguridad vial
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        <author>
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                <![CDATA[Juan Manuel Fabricius]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.elpueblovillaguay.com.ar/noticia/la-motosierra-y-el-abandono-de-la-seguridad-vial">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/pW0_hn5pR5zufQH5k7SAIcBq8eI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/05/la_motosierra_y_el_abandono_de_la_seguridad_vial.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Los recientes accidentes de tránsito ocurridos en la Ruta Nacional 3, donde varias personas perdieron la vida en choques frontales, han puesto de manifiesto una dura realidad: la infraestructura vial, lejos de mejorar, se encuentra en un estado de abandono que pone en peligro la vida de quienes transitan por las rutas del país. Este deterioro no es casualidad ni consecuencia del azar, sino de decisiones políticas concretas. El gobierno nacional, bajo la premisa de recortar el gasto público, ha tomado medidas que implican no solo la cancelación de contratos de reparación y construcción de carriles, sino también la suspensión de servicios esenciales como el mantenimiento de la iluminación en cruces peligrosos, el cuidado de las banquinas y el corte de pasto en los márgenes de las rutas.</p><p>El presidente Javier Milei ha enarbolado el concepto de la “motosierra” como símbolo de su política de ajuste. Su decisión de reducir drásticamente la inversión en infraestructura vial no solo responde a la necesidad de achicar el déficit fiscal, sino que también plantea interrogantes sobre las consecuencias directas de un ajuste que deja en segundo plano la seguridad de los ciudadanos. Es cierto que las administraciones previas han estado marcadas por casos de corrupción en la obra pública, con licitaciones previamente acordadas, sobreprecios escandalosos y nulo control sobre las empresas a cargo. Sin embargo, la respuesta a estas irregularidades no debería ser el abandono total del mantenimiento de las rutas, sino la implementación de mecanismos de control más estrictos que garanticen transparencia en los contratos y eficiencia en la gestión de los recursos.</p><p>La Ruta Nacional 3 es solo un ejemplo de una problemática que afecta a todo el país. La falta de inversión no solo impide la necesaria ampliación y extensión de los caminos, sino que convierte cada viaje en un riesgo latente. La ausencia de mantenimiento provoca que rutas con una alta circulación de camiones y vehículos particulares se transformen en trampas mortales. Los accidentes fatales no pueden ser vistos como meras estadísticas ni como inevitables tragedias del destino; son consecuencias directas de decisiones gubernamentales que afectan el día a día de la población.</p><p>Incluso si dejáramos de lado la importancia sustantiva de las vidas humanas, el Estado -léase, los argentinos todos-, podría enfrentar millonarias demandas por la responsabilidad en estos accidentes si las rutas no reciben el mantenimiento adecuado y no cuentan con las condiciones mínimas de seguridad. La gestión eficiente de los recursos no implica dejar librado al azar la seguridad vial, sino garantizar que las inversiones sean transparentes y bien ejecutadas.</p><p>La reducción del gasto público no puede justificar el abandono de funciones esenciales que impactan de manera directa en la vida de los ciudadanos. Recortar el gasto indiscriminadamente sin considerar las consecuencias humanas de estas decisiones no es un triunfo de la eficiencia económica, sino una tragedia anunciada. La seguridad vial no puede ser víctima de la motosierra.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/pW0_hn5pR5zufQH5k7SAIcBq8eI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/05/la_motosierra_y_el_abandono_de_la_seguridad_vial.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Los recientes accidentes de tránsito ocurridos en la Ruta Nacional 3, donde varias personas perdieron la vida en choques frontales, han puesto de mani...]]>
                </summary>
                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2025-05-19T19:50:25+00:00</updated>
                <published>2025-05-19T19:48:26+00:00</published>
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            ¿Cómo están desdibujando la sensibilidad de nuestros niños?
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        <author>
            <name>
                <![CDATA[Lisandro Prieto Femenía]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.elpueblovillaguay.com.ar/noticia/como-estan-desdibujando-la-sensibilidad-de-nuestros-ninos">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/aogQBxIu04baSL5kbgX08aGc4sI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/05/desdibujando_la_sensibilidad_de_nuestros_ninos.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre un asunto extremadamente urgente en nuestro presente, a saber, la destrucción sistemática y deliberada de la sensibilidad infantil. Bien sabemos que la infancia es una etapa fundacional de la experiencia humana, pero hoy se encuentra inmersa en un océano digital que, paradójicamente, amenaza con anestesiar su capacidad de asombro y conexión con el mundo real. Plataformas como YouTube y diversos juegos online, diseñados con una astuta ingeniería de la atención, generan en los infantes una adicción voraz, un secuestro de su foco cognitivo que los aísla progresivamente de la riqueza sensorial y emocional de su entorno inmediato. Esta inmersión constante en estímulos virtuales, a menudo carentes de la complejidad y el matiz de la realidad, erosiona su sensibilidad, embotando su capacidad de empatía y su percepción de las sutilezas del mundo que los rodea.</p><p>No debemos caer en la ingenuidad de pensar que esta problemática es una mera consecuencia del avance de la tecnología, sino que, como señala el filósofo Byung-Chul Han en su análisis de la sociedad del cansancio, vivimos en una “sociedad del rendimiento”, donde la hiperestimulación y la gratificación inmediata se erigen como valores supremos. Esta lógica se infiltra fácilmente en el diseño de los contenidos digitales dirigidos a la infancia, priorizando la adicción por sobre el desarrollo integral. También, tal y como advierte Sherry Turkle en su obra “Alone together”, la tecnología promete conexión mientras que al mismo tiempo conduce al aislamiento y a una disminución de la capacidad para la intimidad y la comprensión emocional profunda. Concretamente, Turkle sostiene que “hemos creado redes digitales que nos hacen sentir que estamos juntos, pero que en realidad nos están separando” (op. cit. 2011, p.18), indicando con ello que es preciso analizar con atención la desconexión de los seres humanos en general, pero los niños en particular, con su entorno real.</p><p>La potencia adictiva de estos entornos virtuales radica justamente en su capacidad para liberar dopamina de manera constante y predecible, generando así un circuito de recompensa que atrapa la joven mente en un ciclo de búsqueda incesante de nuevas notificaciones, niveles superados o videos sugeridos. Esta dinámica, como explica el neurocientífico Michel Desmurget en su obra titulada “La fábrica de cretinos digitales”, tiene consecuencias directas en el desarrollo cerebral infantil, afectando la atención, la memoria, el lenguaje y las funciones ejecutivas. En este contexto, la sobreexposición a las pantallas, según Desmurget, no sólo no enriquece cognitivamente a los niños, sino que empobrece sus capacidades intelectuales y emocionales: “El cerebro de un niño no es el de un adulto en miniatura, y su extrema plasticidad lo hace particularmente vulnerable a las influencias del entorno, incluidas las pantallas” (op. cit. 2020, p. 78), remarcando con ello que la vulnerabilidad de las estructuras cerebrales en desarrollo se acentúa ante la invasión de estímulos digitales diseñados para la captación adictiva.</p><p>Incluso si nos remontamos a los padres del pensamiento occidental, como Platón en su diálogo “La República”, ya advertía sobre los peligros de una educación que no cultiva adecuadamente la sensibilidad y la razón. Aunque en un contexto totalmente diferente, la preocupación de Platón por la influencia de las narrativas y los estímulos en la formación del carácter resuena con la actual problemática de la exposición infantil a contenidos digitales no supervisados. Puntualmente, Platón argumentaba que “la educación musical es la más poderosa, porque el ritmo y la armonía encuentran su camino hacia el interior del alma y se apoderan de ella con la mayor fuerza, trayendo consigo la gracia y haciendo grácil el alma de aquel que ha sido educado” (Platón, La República, 401d-e). Si extrapolamos esta idea, podemos reflexionar sobre cómo la cacofonía de estímulos superficiales y la falta de armonía en los contenidos digitales pueden estar moldeando las almas jóvenes de manera poco grácil, achatando su capacidad de resonancia emocional profunda.</p><p>Filosóficamente hablando, también es fundamental establecer aquí el problema que se suscita ante la urgente necesidad de distinguir entre lo real y lo virtual desde la infancia. La reflexión sobre la naturaleza de la realidad y su distinción de la virtualidad es una debate filosófico que se remonta a los orígenes del pensamiento occidental. Pues bien, para la infancia actual, sumergida en mundos digitales cada vez más adictivos y seductores, esta distinción adquiere una necesidad de urgencia sin precedentes. La facilidad con la que los niños pueden transitar entre la inmediatez tangible de su entorno físico y la abstracción interactiva de las pantallas plantea interrogantes cruciales sobre su capacidad para discernir la naturaleza ontológica de cada uno y las implicaciones de esta confusión en su desarrollo sensible y cognitivo.</p><p>Recordemos brevemente a un clásico como Descartes, quien se planteó la cuestión de la certeza del mundo exterior y la posibilidad de la ilusión sensorial: su famoso “Cogito, ergo sum” (“Pienso, luego existo”) establecía una base de certeza en la conciencia individual, pero abría la puerta a la duda sobre la realidad del mundo percibido a través de los sentidos. Pues bien, en el contexto actual esta duda se traslada a la experiencia virtual: ¿son las emociones experimentadas en videojuegos tan “reales” como las sentidas en una interacción cara a cara? ¿Son las consecuencias de las acciones en un mundo virtual tan significativas como las que tienen lugar en el mundo físico? Como siempre les dije a mis alumnos: a diferencia del Mario Bros, aquí se muere una sola vez y se vive una sola vez y, cuando la barra de salud decae, duele de verdad.</p><p>La filosofía nos invita a analizar críticamente la naturaleza de la experiencia en ambos dominios. La realidad, en su sentido más fundamental, se caracteriza por su tangibilidad, su resistencia a nuestra voluntad individual y sus consecuencias físicas y emocionales directas en nuestro ser y en el de los demás. Implica también la complejidad de las interacciones humanas no mediadas, la riqueza de los estímulos sensoriales que van más allá de lo visual y auditivo, y la necesidad de navegar por un mundo que no siempre se adapta a nuestros deseos y caprichos.</p><p>En contraste, la virtualidad, si bien genera experiencias intensas, es una construcción mediada por la tecnología. Sus reglas, sus límites y sus consecuencias son definidos por programadores y diseñadores con indicaciones muy claras. Aunque la inmersión puede ser profunda, existe una capa subyacente de artificialidad, una desconexión con las leyes físicas y las contingencias propias del mundo real. La gratificación instantánea, la posibilidad de reiniciar o deshacer errores, y la ausencia de las complejas señales no verbales de la comunicación humana terminan generando una percepción distorsionada de la causalidad, la responsabilidad y la empatía.</p><p>La confusión entre lo real y lo virtual en la infancia también tiene consecuencias significativas en el desarrollo social. La sobrevaloración de las interacciones virtuales en detrimento de las reales nos ha llevado a una disminución de las habilidades comunitarias, una dificultad para interpretar las emociones ajenas en contextos no mediados y una menor capacidad para afrontar la frustración y la complejidad de las relaciones interpersonales en el mundo en el que viven personas de carne y hueso. Por ello, es fundamental que desde una perspectiva filosófica y pedagógica, ayudemos a los niños a construir una comprensión sólida y diferenciada de ambos dominios, fomentando un equilibrio saludable entre la inmersión en el mundo digital y su conexión activa y sensible con la realidad que los rodea. Esta distinción no es sólo un ejercicio intelectual, sino que se trata de una necesidad crucial para preservar su capacidad de asombro, su empatía y su pleno desarrollo como seres humanos en un mundo cada vez más mediatizado por la tecnología.</p><p>Dicho todo esto, ha llegado el momento de señalar culpables y de analizar la omisión cómplice de familias y sistemas educativos. La responsabilidad de la precitada creciente insensibilización infantil no puede recaer únicamente en la idílica omnipresencia de la tecnología en nuestras vidas. Por ello, es imperativo dirigir una crítica severa hacia el rol de lo que queda de lo que antes llamábamos “familia” y los sistemas educativos, ambos cómplices silenciosos, ya sea por ignorancia, negligencia o por la internalización acrítica de los “beneficios” de la digitalización temprana.</p><p>Muchas familias, presionadas por las demandas laborales y la falta de tiempo, encuentran en las pantallas un recurso fácil para mantener a los niños “entretenidos”, sin dimensionar las consecuencias a largo plazo de esta delegación de la crianza a algoritmos y contenidos audiovisuales diseñados para la captación y el consumo. Esta delegación de responsabilidades, como argumenta el pedagogo Francesco Tonucci en su obra “Con ojos de niño” (2016), priva a los niños de experiencias vitales fundamentales para el desarrollo, a saber: el juego libre, la exploración del entorno natural, la interacción social sin mediaciones tecnológicas, el aburrimiento creativo que impulsa siempre a la imaginación. En sus palabras, “el niño necesita tocar, oler, probar, correr, caerse, lastimarse, levantarse. Necesita la experiencia directa para construir un pensamiento” (Tonucci, 2016). Con ello, y en pocas palabras, el autor nos está recordando la esencialidad de la experiencia sensorial directa en la construcción de un psiquismo sano y sensible.</p><p>Por otro lado, los sistemas educativos, atrapados en los curros de la retórica de la “innovación” y la “integración tecnológica”, no han sabido discernir críticamente entre el uso pedagógico significativo de las herramientas digitales y la mera incorporación acrítica de pantallas en el aula. En muchos casos, se prioriza la alfabetización digital instrumental por encima del cultivo de la sensibilidad, la reflexión crítica y la conexión con el mundo real. En su obra titulada “Tecnópolis”, Neil Postman señala que la adoración ciega y bruta a la tecnología puede llevarnos a una situación donde “la tecnología no es un mero instrumento, sino que se convierte en un ambiente total que moldea nuestra forma de pensar, sentir y actuar” (Postman, 1992, p. 49). Pues bien, esta advertencia nos viene al pelo para señalar la facilidad con la que los entornos digitales están moldeando la percepción y la sensibilidad de los niños.</p><p>Volviendo a los clásicos, el filósofo Jean-Jacques Rousseau, en su obra “Emilio o De la educación”, ya abogaba por una educación que siguiera el ritmo de la naturaleza del niño y que lo mantuviera alejado de las influencias corruptoras de la sociedad artificial. Si bien su contexto era pre-digital, su énfasis en la importancia de la experiencia directa y el desarrollo de los sentidos como base del conocimiento resuena con la necesidad de proteger a la infancia de una inmersión prematura y acrítica en el mundo virtual. Rousseau sostuvo que “la educación del hombre comienza al nacer; antes de hablar, antes de entender, ya se instruye” (Rousseau, 1762, p. 37), remarcando con ello la importancia que tienen las primeras experiencias sensoriales, no con una pantalla, en la formación del individuo.</p><p>A esta altura, no alcanza con señalar la problemática y sus claros responsables. Es crucial, para concluir esta reflexión, abrir interrogantes que nos impulsen a la acción y a la búsqueda de alternativas. ¿Cómo podemos reeducar la mirada de las familias y los educadores para que prioricen el desarrollo integral de la infancia por encima de la comodidad de la pantalla? ¿Qué estrategias pedagógicas pueden contrarrestar la fuerza adictiva de los entornos virtuales y fomentar en los pequeños alumnos una conexión profunda y significativa con su entorno sensible? ¿Cómo podemos diseñar tecnologías y contenidos digitales que promuevan la curiosidad genuina, la creatividad y la empatía en lugar de la pasividad, la violencia y la insensibilización?</p><p>Las respuestas a estas preguntas no son sencillas y requieren de un abordaje multidisciplinar que involucre filósofos, pedagogos, psicólogos, neurocientíficos, diseñadores de tecnología, programadores y, fundamentalmente, a las propias familias y a los niños. Es imperativo repensar nuestro modelo de sociedad, donde la lógica de mercado y la híper-estimulación no sacrifiquen la riqueza de la experiencia infantil y la capacidad de asombro ante la belleza y la complejidad del mundo real.</p><p>La insensibilización intencional de la infancia no es solo un problema individual, sino una crisis social global que exige una reflexión profunda y una acción colectiva urgente. Como sentenció el poeta T.S. Eliot, “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en la información? (Eliot, T. S., El Roque. Faber and Faber, 1934, p. 96). Esta pregunta debe interpelarnos directamente con el tipo de “información” y “conocimiento” que estamos transmitiendo a nuestros hijos a través de las pantallas y si realmente estamos cultivando la sabiduría y la sensibilidad que necesitan para florecer como seres humanos no idiotas. La pregunta final que debemos hacernos es: ¿qué tipo de seres humanos estamos permitiendo que se desarrollen en esta vorágine digital y qué futuro estamos construyendo para ellos y con ellos?</p>]]>
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                <updated>2025-05-13T22:28:59+00:00</updated>
                <published>2025-05-13T22:24:15+00:00</published>
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            León XIV: entre la herencia y la esperanza
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                <![CDATA[Lisandro Prieto Femenía]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2GA8ZAVZk3V0pI70ZQYH30TlPhw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/05/leon_xiv_entre_la_herencia_y_la_esperanza.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La elección de un nuevo Sumo Pontífice constituye un kairos, es decir, un tiempo de gracia y discernimiento para la Iglesia Católica. No sólo representa la sucesión apostólica del Pedro, fundamento de la unidad y la misión eclesial (cf. Mateo 16:18-19; “Lumen Gentium”, n. 20), sino que también inaugura una nueva etapa marcada por la singularidad del nuevo pastor y sus respuestas a los desafíos de nuestra época. En este contexto, la elección del cardenal estadounidense Robert Francis Prevost, quien ha tomado el nombre de León XIV, invita a una profunda reflexión filosófica y teológica.</p><p>El ministerio de León XIV se inscribe en un presente eclesial complejo, marcado por la herencia de pontificados recientes y la urgencia de responder a problemáticas multifacéticas. La secularización creciente, diagnosticada por autores como Charles Taylor como una transformación profunda de las condiciones de la creencia religiosa (A secular age, 2007), la persistencia de crisis de fe y de confianza derivadas, en parte, de los escándalos de abusos, los apremiantes desafíos de justicia social y ambiental, articulados con fuerza en la encíclica “Laudato Sí” del Papa Francisco (2015), así como la necesidad de profundizar el diálogo interreligioso y ecuménico, configuran un panorama desafiante. La tradición teológica que sustenta el papado, desde la reflexión patrística sobre el mumus petrinum (la tarea de Pedro) hasta la rica doctrina conciliar del siglo XX, ofrece un marco fundamental para que podamos comprender la magnitud de esta nueva misión (cf. John O’Malley, What happened at Vatican II, 2008).</p><p>Para comprender la impronta que León XIV podría imprimir en su ministerio, es crucial dirigir la mirada a su trayectoria previa: su servicio como obispo de Chiclayo, Perú, desde 2001 hasta 2014, revela un pastor comprometido con la realidad de su Iglesia local. Según un análisis de Vida Nueva Digital (2014), durante su episcopado en Chiclayo, Mons. Prevost demostró una sensibilidad particular hacia las problemáticas sociales, impulsando iniciativas en favor de los más vulnerables y abogando por la dignidad humana. Esta experiencia en una Iglesia periférica, confrontada con la pobreza y la desigualdad, podría haber marcado profundamente su perspectiva sobre su misión social de la Iglesia.</p><p>Posteriormente, su nombramiento como Prefecto del Dicasterio para los Obispos en el año 2023 le brindó una visión panorámica de la Iglesia universal y de los desafíos inherentes al gobierno pastoral. Al respecto, el teólogo Kurt Koch, actual Prefecto del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, ha señalado en diversas entrevistas la importancia que tiene la colegialidad episcopal y la necesidad de un discernimiento cuidadoso en la selección de obispos que sean verdaderos pastores según el corazón de Cristo (cf. Servizio Informazione Religiosa, 2023). Pues bien, la participación de León XIV en este proceso podría también sugerirnos una comprensión de la crucial tarea de fortalecer el liderazgo pastoral en las Iglesias particulares.</p><p>Ahora bien, desde una óptica filosófico-teológica, la trayectoria y las experiencias de León XIV podrían traducirse en un enfoque particular para su pontificado. Su compromiso previo con la justicia social resuena con la teología de la liberación, que enfatiza la opción preferencial por los pobres y la transformación de las estructuras injustas (cf. Gustavo Gutiérrez, Teología de la liberación, 1971). Su experiencia en el Discasterio para los Obispos podría fortalecer su visión sobre la colegialidad y la sinodalidad, temas centrales en el debate eclesial actual y promovidos con insistencia por el Papa Francisco (cf. Evangelii Gaudium, n. 16). Al respecto, el teólogo Ormond Rush (2018) en The vision of Vatican II: Its fundamental principles, subraya cómo la sinodalidad no es sólo un método, sino una dimensión constitutiva de la Iglesia.</p><p>Como habrán podido notar, el pontificado de León XIV se erige en un contexto de desafíos apremiantes. Como mencionamos al pasar recientemente, la crisis de credibilidad derivada de los escándalos requiere respuestas contundentes y medidas efectivas para la sanación de las víctimas y la prevención de futuros casos (cf. Vos estis lux mundi, 2019), En segundo lugar, la polarización interna dentro de la Iglesia, con diferentes sensibilidades teológicas y pastorales, exige un liderazgo capaz de fomentar la unidad en la diversidad (cf. Massimo Faggioli, Catholicism and citizenship; Political Cultures of the Church in the XXI Century, 2017). En tercer lugar, el diálogo con el mundo contemporáneo, marcado por el pluralismo religioso y la indiferencia, requiere una nueva evangelización que sea relevante y atractiva (cf. Aoarecida Document, 2007). Finalmente, la reforma de la Curia Romana, iniciada por sus predecesores, demanda continuidad y discernimiento para hacerla más eficiente y al servicio de la misión de la Iglesia (cf. Praedicate Evangelium, 2022).</p><p>El liderazgo eclesial en nuestro siglo se desenvuelve en un escenario globalizado y complejo, marcado por la rapidez de las comunicaciones, la pluralidad de cosmovisiones y la interconexión de los desafíos. El papado, en este contexto, enfrenta desafíos específicos que van más allá de la administración interna de la Iglesia.&nbsp;Autores como Timothy Radcliffe (2005) en su obra titulada What is the point of being a Christian?&nbsp;Enfatizan en la necesidad de un liderazgo que sea profético, capaz de escuchar las voces del mundo y discernir los signos de los tiempos a la luz del Evangelio, es decir, un liderazgo que promueva la comunión y la participación, superando las divisiones y fomentando la corresponsabilidad de todos los bautizados.</p><p>Uno de los desafíos más apremiantes para el liderazgo papal en la actualidad es navegar por los conflictos geopolíticos y sus implicaciones humanitarias y religiosas. La persistente y trágica situación en Tierra Santa, con el bombardeo incesante del territorio palestino donde conviven comunidades cristianas y musulmanas, representa un desafío pastoral y ético de enorme magnitud. La Iglesia Católica, con su larga tradición de búsqueda de la paz y la justicia (cf. Pacem in Terris, Juan XXIII, 1963), tiene la responsabilidad de alzar su voz en defensa de los derechos humanos, el cese de la violencia y la promoción de una solución justa y duradera en la región.</p><p>El impacto de estos conflictos en las comunidades cristianas locales es particularmente doloroso. Como señala el Patriarca Latino de Jerusalén, Pierbattista Pizzaballa, en repetidas declaraciones, las comunidades cristianas en Tierra Santa se ven directamente afectadas por la violencia, la inseguridad y la falta de perspectivas. Pues bien, el liderazgo papal debe ofrecer consuelo y solidaridad a estas comunidades, abogar por su protección y garantizar que sus voces sean escuchadas en la escena internacional. Esto requiere un delicado equilibrio diplomático y una firmeza profética al condenar la violencia indiscriminada y abogar por el respeto del derecho internacional y los derechos humanos fundamentales.</p><p>Además de la situación en Tierra Santa, su papado debe abordar otros desafíos globales como la crisis climática, la creciente desigualdad económica, las migraciones forzadas y la defensa de la dignidad humana en todas sus etapas. Estos desafíos exigen un liderazgo moral claro y una capacidad de diálogo con líderes políticos, religiosos y la sociedad civil en su conjunto. El Papa León XIV, como sucesor de Pedro, está llamado a ser un faro de esperanza y un constructor de puentes en un planeta cada vez más devastado por la avaricia y la crueldad. Su capacidad de integrar la rica tradición teológica de la Iglesia con una comprensión profunda de los desafíos contemporáneos precitados será, entonces, crucial para su pontificado.</p><p>En fin, queridos lectores, el pontificado que hoy inicia León XIV se sitúa en la encrucijada entre una rica herencia teológica y los apremiantes desafíos del presente. Su trayectoria, marcada por el compromiso social y la experiencia en la guía del episcopado, junto con la reflexión sobre las posibles perspectivas filosófico-teológicas que informarán su ministerio, nos invitan a tener una esperanza activa. La responsabilidad de los fieles reside ahora en acompañar con la oración, la reflexión crítica y la colaboración en este nuevo capítulo en la historia de la Iglesia Católica, confiando en la guía del Espíritu Santo que obra a través de su Vicario en la tierra.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2GA8ZAVZk3V0pI70ZQYH30TlPhw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/05/leon_xiv_entre_la_herencia_y_la_esperanza.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>"Con la gracia de Dios y la fuerza del Espíritu, deseo caminar en las huellas de Pedro, sirviendo a la Iglesia con amor y dedicación, recordando especialmente a los más pobres y continuando el camino trazado por el Papa Francisco." (León XIV)]]>
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                <updated>2025-05-08T20:27:14+00:00</updated>
                <published>2025-05-08T20:22:35+00:00</published>
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