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    <title>Diario El Pueblo</title>
    <subtitle>Periodismo Confiable</subtitle>
    <updated>2026-04-12T22:35:04+00:00</updated>
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            Interrupciones en Japón VII
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                <![CDATA[Mario Daniel Villagra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zBCNm0QkDTfwxaV2_OTHMNxRIAQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/interrupciones_en_japon_vii.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Tokio, 1 y 2 de diciembre de 2025</p><p>Escribo estas notas un lunes, como cualquier trabajo al comenzar la semana, gracias también a la insistencia de lo cotidiano, que llega con la misma regularidad de los días. Con la diferencia de que este último mes del año lo comienzo en Japón.</p><p>Encontré por casualidad una pequeña cafetería: la Maison Landemaine, en el barrio histórico de Azabu. Lo curioso es que, volviendo en unos días, haya llegado a un lugar cuyo nombre —aunque sé que es el apellido del propietario— remite en francés a «lendemain», es decir, el día siguiente. Bref. Aquí venden como «chocolate francés» algo que es mejor que lo que se toma en la mayoría de los bares de París. Por experiencia propia, debería llamarse chocolate madrileño: se parece más, en su espesura, a lo que probé en Madrid.</p><p>Los platos, Les dépareillées, y la escritura tienen algo de doméstico que me acompaña y me hace sentir como en casa. Unos gorriones revolotean la mesa. Representan resiliencia y adaptabilidad: pueden prosperar en distintos entornos. Ya lo creo. Con ellos también llega el recuerdo de una mesa en Madrid, y cuando estaba en Madrid me recordaban a una mesa en la Ciudad Vieja de Montevideo. Tanto aquí como allá, el móvil poético de Silvia Baron Supervielle fue el móvil del viaje que me llevó a esas ciudades a proyectar la película. Los gorriones buscan una migaja de bizcocho, como estas letras buscan algo de mí. Les tiro unas migajas al cuaderno de todo lo que viví estos días, como el gorrión come una parte ínfima de toda la panadería en esta primera mañana en Tokio.</p><p>Hoy la luna entró en su último cuarto creciente. Una gota de chocolate cae sobre la hoja y hace una mancha, ya no de mate —la yerba se acabó hace varios días—. Aunque los gorriones me traen alegría, siento esta despedida tan espesa como el chocolate.</p><p>En esa espesura se mezclan los recuerdos: las miradas de las jóvenes estudiantes de Sonoko Sato en la ronda que hicimos en el aula del Kobe College luego de la segunda proyección. Todas diferentes en su entusiasmo. Algunas más conscientes que otras de la presión que depositan sobre ellas sus padres para ser «alguien» mediante el estudio, visible en frases como: «quiero ser traductora, maestra o artista». También recuerdo las risas tenues de unas señoras —jubiladas algunas— cuando escuchan a Silvia Baron Supervielle, como si entendieran por ósmosis que hay que ocuparse de las propias cosas cuando las que se nos escapan de las manos no van como uno quisiera.</p><p>Una mujer que habla italiano, mientras quien la acompaña mira el celular, me mira fijo y sonríe mientras hago una pausa en la escritura y juego con los gorriones. Otra, con rasgos asiáticos, se sienta en la mesa de al lado y, al pasar, me sonríe. Luego, en un inglés sencillo, me pregunta si soy escritor. Tardo un instante en responder. Digo que sí. No agrego nada más. Ella toma un libro y comienza a leer. Entonces aparece la curiosidad verdadera: saber qué lee, de dónde viene, qué historia la trae hasta aquí.</p><p>Toda esta descripción puede parecer banal, anticuada, innecesaria, dirán. Pero la escribo con la esperanza de anotar momentos reales. Sigo queriendo saber qué lee ahora mismo, aunque eso sería más una intromisión que una interrupción. Me gustaría saber si llega o si se está yendo, como yo, mientras el mismo gorrión que antes jugaba conmigo ahora come de las migajas que ella, a mi lado, le cede. Creo que un hombre solo, en esta gran ciudad, es una presa mucho más fácil que un gorrión.</p><p>De vuelta en el hotel, la sala de fumadores me hace recordar al baño de la Escuela 17 en Villaguay: todos fumando el cigarrillo rápido, que se iba consumiendo desparejo; la ceniza gris se alargaba hasta caer por su propio peso. Luego se volvía como si nada al patio, a la sala de curso, a la vida; igual que ahora a la habitación. Tanto aquí como allá, escondidos, con la diferencia de que aquí no hay preceptores. No obstante, volver a este cuaderno es, al fin de cuentas, como volver al aula donde todo comenzó: el cariño por la comunicación, la radio, la narración; que luego, al pasar a la universidad, se profundizó al escuchar aquella frase que todavía me acompaña: no hay mejor idea para ser dicha que la que está bien escrita.</p><p>21:39. La experiencia del baño compartido nunca la había tenido. Aquí nadie viene a ser social. No es como la cola de un baño químico en una fiesta. La gente viene a bañarse, sí, pero también a tener un momento de calma, de relajación. Es, a pesar de que nadie habla ni siquiera saluda, un momento de dejar salir tensiones del cuerpo y del interior por la boca. Si algo sale es una especie de quejido o gemido casi orgásmico. El agua a 41 grados me hizo pensar en el líquido amniótico; no lo sé, quizás por el hecho de estar viviendo una experiencia primeriza. Igualmente, la palangana llena de agua vertida sobre mi cabeza me despertó un recuerdo típico de infancia.</p><p>Es la última mañana para andar de paseo en Tokio. Sin embargo, volví al café de ayer. Intento entender por qué necesitamos repetir las acciones, los lugares. Todo eso que deviene rutina. ¿Será acaso que eso nos mantiene en un lugar seguro? ¿Será que ese lugar seguro es lo que nos sostiene en eso que llaman bienestar? ¿Será que sólo en esos lugares perdemos el miedo a la existencia, ese miedo que apenas se aplaca? No lo sé. La misma pena invade mis deseos de seguir conociendo esta ciudad, este país. Pienso en los gorriones y en que, en breve, me pondré en marcha hacia el Instituto Cervantes, como si estuviera en París, y visitaré alguna librería para encontrar autores japoneses.</p><p>12:16. Jardín del Palacio Imperial. Me pregunto si Arnaldo Calveyra pasó por aquí y habrá mirado a cada árbol como si no fueran ellos los caminantes. Me encontré, en la imaginación, con él en pasajes que inmediatamente me llevaban a Entre Ríos, para recordar al señor Jáuregui, vecino de la esquina de la casa de mi abuelo paterno, y, como en un efecto de cierre, el cuidado magnífico de su huerto. Aunque no sepa más, me repito uno de sus versos como un tótem verbal, para volver al momento presente: «El viaje lo trajimos lo mejor que se pudo».</p><p>Me detengo ante la fosa artificial, Shimo-dokanbori Moat, inquieto por saber cuántas de estas imágenes digitales, hechas con cámaras o celulares, terminarán siendo impresas. Pregunta inútil, pues la respuesta no la tendré nunca. No obstante, me ayuda a evadirme un poco de la masa de turistas y a detenerme para apreciar la belleza de este camino entre la Puerta Sakashita y la Puerta del Puente Levadizo del Norte en los Jardines Nacionales. Antes de partir, pareciera que toda la experiencia se vuelve una pregunta. Sigo detenido bajo los grandes árboles, entre las murallas, tratando de identificar los pájaros que cantan allá lejos, en lo alto, entre la copa de los árboles que voy cruzando. Ya poco queda por anotar.</p><p>Que estas notasbajo la luna en crecientemil años digande boca en boca las palabrasque me han nacido.</p><p>&nbsp;</p><p>Nota de la redacción: con esta séptima entrega, concluye Interrupciones en Japón, la serie que durante enero y febrero compartió Mario Daniel Villagra, &nbsp;escrita especialmente para El Pueblo, sobre su experiencia en el país asiático durante la última parte de 2025. El diario agradece al autor por su valiosa y dedicada colaboración, que permitió a nuestros lectores acercarse, a través de la óptica de un villaguayense por el mundo, a otra cultura y modo de vida.</p>]]>
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                <published>2026-02-27T22:17:07+00:00</published>
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            Interrupciones en Japón VI
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                <![CDATA[Mario Daniel Villagra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/nT8hAinB567aBlt9maOwbG1mpO8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/monte_fuji_desde_el_parque_de_oishi_casi_el_mismo_cuadro_casi_la_misma_hora.png" class="type:primaryImage" /></figure><p>Fujikawaguchiko, 29 y 30 de noviembre de 2025</p><p>Para apreciar el monte Fuji, el taxista me recomendó ir a las 7 de la mañana. Seguí su consejo y eso me permitió ver el amanecer del sábado. Despejado, no solamente de nubes sino también de la masa de turistas, la presencia del Fuji fue increíblemente real. Pareciera que la naturaleza brindara mensajes y la población los decodificara.</p><p>El monte Fuji está ahora, en mi vista, al horizonte. En la vida, ya quisiera ser como esa garza blanca que lo mira desde el lago, no interponerme, no molestar su belleza, o ese simple gorrioncito que revolotea en el agua en busca de algún bichito para comer. Pero no: somos, o soy, un sujeto que piensa, que siente y que ve las desigualdades, además de las bellezas. No hay que romantizar la naturaleza.</p><p>Releo los apuntes en mi cuaderno «Viajes extraordinarios», que me regalaron para un cumpleaños. Los apuntes fueron tomados en otro viaje, pero, en realidad, es el único y el mismo viaje. Lo que se debate, desde que comencé, es la cuestión del ser en él. ¿Qué hacer y quién ser? Lo que ahora se me dibuja con mayor nitidez es un cierto ideario agrario, una cuestión que tiene que ver con la naturaleza, con cómo convivir con ella siendo parte de ella. Y eso, en lugar de eximirme de responsabilidades, me brinda la chance de evolucionar en un tipo de cuidado con el mundo que habitamos y hacia uno mismo.</p><p>Responder a esas dos preguntas es poner contenido a ese vacío existencial que es causa de tantos males. Pero también ese vacío es posibilidad de virtud. En ese hueco profundo, en el medio del pecho, quisiera que crezca un camalote, una rosa, una garza, como la que contemplo ahora entre esta mesa y el Fuji. La garza vuela al sentirse movilizada en su contemplación —que nunca es pasiva, que nunca es ingenua— por las ondas del agua. Anoto este instante a las 9:08 de la mañana, vista desde el lago Kawaguchi.</p><p>Aquí las habitaciones tienen en el suelo tatamis. Donde duermo se llama «Hojas secas», como la sala donde comimos en Kobe se llamaba «Los Jazmines». Todo parece tener un nombre propio. Tendré que poner un nombre a mi casa en rue Barbès. El muchacho que cuida recomienda no ponerse perfume en la habitación, porque el tatami es tan sensible que puede impregnarse de ese olor.</p><p>El domingo, la neblina del lago Kawaguchi impidió hasta más de las 9 de la mañana ver el Fuji. Poco a poco, ante el sol y el viento, volvió a dejarse ver.</p><p>Ayudados por la niebla. Mientras la semana termina, vienen los recuerdos del lunes en la casa de Sonoko Sato: Yoko, su madre; Satoshi, su marido; Toki, su hijo, que decía «Mario Daniel» en su lengua aún tan suya, aprendiendo a hablar una que comparte con otros. Yo sentía su acento, que saltaba del japonés al español, del español al francés, del francés al inglés y del inglés al japonés, como un sendero propio que él va construyendo. Mientras, los significados de las palabras de un haiku huían de una lengua a otra, jugando, como Toki lo hacía, feliz y despierto, más tarde de lo habitual por tener visitas en su casa. Todos a la mesa: la poesía estaba servida.</p><p>Hoy le conté al Teuco Castilla por teléfono aquella anécdota y él, agradecido por todo lo que le contaba —las palabras ligadas a una estación del año, el instante como sujeto y el sentimiento como fondo—, me prometió compartir esa información con un amigo suyo que escribe haikus en Argentina. Al mismo tiempo, me sugería que le diga a Sonoko que escribiera un libro con los poemas, desde su bisabuela hasta ella. Como si la vida pasara de instante en instante, esa anécdota me recordó un apunte que escribí días atrás: Todos los árboles, por más viejos que sean, pueden ser ayudados.</p><p>Sé que este viaje por Japón se va terminando, pero persistirá en estas Interrupciones. Como persiste en mí la idea de que mis padres estarían contentos de este viaje. Ese vacío existencial que genera la ausencia física no anula la experiencia de querer compartirlo. Ellos están presentes en mis pensamientos, en mis principios. Recuerdo: «Con la verdad y el respeto se llega a todas partes», me dijeron un día. Y aquí estoy, en un café, a pocos kilómetros del Fuji, escribiendo y sintiendo una conexión profunda con todo lo vivo y con lo aparentemente muerto.</p><p>Como otro regalo, el libro de Nicolas Bouvier, Crónicas japonesas, que me acompaña en el viaje, comienza el 24 de febrero, fecha de mi nacimiento. Quizás este viaje sea una especie de renacer: volver a tener la oportunidad de mirar Latinoamérica y Europa, Argentina y Francia —en todo caso, donde nací y vivo— de otra manera.</p><p>A medida que escribo, leo los libros que voy comprando en el camino. También recorro las libretas. Escribir, ya se sabe, es reescribir, aprendiendo de las tachaduras, con el miedo de repetirme, y allí es donde se vuelve necesaria la variación. Sé que hablé ya de Bouvier, pero lo que dije es nuevo, como nueva es la siguiente descripción de dos pobladores que se distinguen por su ya citada amabilidad: el sábado a la noche pregunté al encargado del pequeño hotel dónde podía salir a tomar algo; eran las veinte horas, estaba frío y oscuro. Me dijo que todo estaba cerrado. Minutos después llegó con una cerveza de regalo. Yo le di kakis, una fruta sabrosa y naranja, que aceptó con algo de emoción. Al otro día, al mediodía, a mitad de un recorrido en bicicleta, al parar para comer, pregunté a una señora de un pequeño restaurante: «¿Cuál es su estación del año preferida?». «El invierno», me dijo, «porque las montañas están todas nevadas», agregó. Luego, tan naturalmente, me preguntó: «¿Y la suya?». Percibí su apertura en la mirada. «El otoño», dije. «¿Y por qué?». «Por los colores», contesté. «Sí, es verdad, hay muchos más colores». Al pagar, compré una canastita artesanal de mimbre, que luego rellené con florecitas caídas que junté en el Parque Oishi.</p><p>Tibia mañana,despiertan los colores,caras hacia el sol.</p>]]>
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                <published>2026-02-20T15:17:02+00:00</published>
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            Interrupciones en Japón V
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                <![CDATA[Mario Daniel Villagra]]>
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Estas palabras se hacen charcos.</p>Kioto<p>Aquí hay dos templos budistas, los más conocidos: el Templo del Pabellón de Oro y el Templo del Pabellón de Plata. Este último, el Ginkaku-ji, data de entre 1460 y 1480. Mientras lo recorría, algunas ideas venían, tipo visitaciones, sin demasiado desarrollo, pensando sin pensar, y las anoté:</p><p>Al estilo de un jardinero en la base del templo, hay que juntar las hojas que caen del árbol, mismo así sabiendo que el viento hará caer otras. Que las virtudes se añejen como el musgo en la piedra. Aunque sola, la flor de un árbol se luce entre el bosque. Al igual que el agua que cae de la montaña, el movimiento hace el camino. A un viejo árbol en un jardín sagrado, la ayuda hace que no caiga del todo en su vida. A la manera del agua de la fuente, en el reflejo se distingue lo verdadero de lo falso.</p><p>Las frases llegaban como el degradé de los colores de los árboles, entre el cielo y la tierra, entre la antigüedad y la modernidad. Pero decir esto de una tarde en Kioto es decir poco. Una de las ciudades más pobladas de Japón; primera capital entre 794 y 1868, hasta que pasó a Tokio; y la única gran ciudad que no fue bombardeada por las fuerzas aéreas de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Lejos de esos datos, yo estuve allí intentando sostener un equilibrio. Entre lo que permanece y lo que se transforma.</p><p>Quizás la manera más auténtica de hacer un viaje sea, en el camino donde andan todos, inventar uno propio hacia el interior. No separar sujeto y objeto, ni viaje y viajero. Como en estos textos breves donde intento integrar vivencia y reflexión. Buscar, en un templo sagrado pero en plena modernidad, el silencio entre tantos turistas. Aprender con el otoño, estación de cambios, a ser ecuánime entre verano e invierno. Mantener nuestro propio parque o jardín, aunque el templo sea de todos y nadie lo sepa de inmediato.</p>Takayama<p>Desde el mapa me llamó la atención un nombre parecido a Entre Ríos: Nagoya. De allí se toma el tren hasta Takayama, donde pasé otra tarde. No entiendo todo lo que dicen los anuncios en los parlantes de las estaciones, pero me alegra conocer algunas palabras y modos de construcción de la lengua japonesa para poder comunicarme. Doko significa «dónde», que desu es una forma equivalente a «es» o «soy», to une elementos y ka al final convierte la frase en pregunta. Pequeños recursos que, más que palabras, son gestos. Percibo que, al usarlas, la recepción es distinta. No se trata de dominar la lengua, sino de entrar sin atropellar.</p><p>Takayama está ubicada dentro de los Alpes Japoneses. Desde la estación central caminé hacia el templo budista Daigo-ji. En el trayecto se atraviesa Sanmachi Suji, el barrio histórico lleno de casas antiguas de madera; por este barrio, según entiendo, la ciudad es conocida como la pequeña Kioto. Cuenta la historia que cuando no podía contribuir con arroz a los impuestos imperiales, lo hacía con carpinteros. Trabajo en lugar de grano. Oficio en lugar de cosecha, valor de uso en lugar de valor de cambio.</p><p>De ida y vuelta al templo, la ciudad me ofreció reparo en sus canales y en los puentes sobre los ríos Miyagawa y Enako. También en un pequeño mirador detrás del Museo de Historia y Arte, a mitad de camino entre ambos cursos de agua. Desde allí la ciudad se ve para todos lados, rodeada de montañas que parecen contenerla sin oprimirla.</p>Kanazawa<p>No pude entrar al museo del teatro Noh porque estaba en preparaciones para una muestra. Pero sí entré al Kenrokuen. Jardín comenzado en 1676. Allí la pintura japonesa parece volverse paisaje real: el punto de vista elevado, como desde una colina. No es el mensaje lo que importa, sino la manera en que todo se dispone para permanecer.</p><p>El Kenrokuen es uno de los tres jardines más bellos de Japón por la combinación de amplitud, artificio y agua. Amplitud que conduce al recogimiento; artificio que preserva la antigüedad; cursos de agua que multiplican perspectivas. No es ornamento: es cuidado.</p><p>Cuando pienso que este jardín tiene más años que el Estado-nación argentino, dimensiono en su justa medida la idea del cuidado, y también la noción de perspectiva. Van juntas. Nada de esto sería posible sin trabajo humano. Naturaleza y artificio no se oponen: se acompañan. Recuerdo entonces algo escuchado a Maf cuando me hablaba de Madariaga y sus charlas sobre literatura: así como un jardín necesita rusticidad, un texto necesita algo de salvajismo. Los jardines, las naciones, los bosques de poesía —también me acuerdo del Teuco— se hacen árbol junto a árbol; los más altos protegen a los pequeños, y hasta el más grande necesita sostén. Sin trabajo no hay belleza. Y la belleza es frágil. Antes de buscarla, hay que aceptar que es momentánea, que está en movimiento. Como este tren que ya parte con destino a Tokio.</p>En el tren<p>Alterno mi vista y mi atención entre la lectura y la escritura. Henry Miller dice que la función del hombre moderno no es recordar, sino olvidar; Nicolas Bouvier lo cita, pero también advierte las diferencias entre Occidente y Oriente en el hecho de que estudiar para saber no es lo mismo que estudiar para aprender. Entonces me digo: recordar no es acumular, sino cuidar.</p><p>Escribir en tren es como andar a caballo: la lengua se mueve como un animal que uno monta e intenta domar. A medida que el tren avanza, estas palabras también lo hacen hacia una forma de verdad. Pero ninguna puede reemplazar la experiencia. Ni la palabra, ni la fotografía, ni la pintura, ni el cine equivalen al paisaje y los momentos compartidos o a solas. Y, sin embargo, algo intentan preservar.</p><p>Son las 13:50. La luna creciente ya se ve en el cielo. Del otro lado, el sol rojo me recuerda el porqué del símbolo de la bandera. Paul Valéry dice que todo comienza por una interrupción. Y así, entre una mirada y otra, el título de estos textos también se eleva: Interrupciones en Japón.</p>]]>
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            Interrupciones en Japón IV
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                <![CDATA[Mario Daniel Villagra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/k1cp5yBqfWwlqKBGFLubZmuQ-mc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/interrupciones_en_japon_iv.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Desde París, Francia&nbsp;<p>Osaka, 24 y 25 de noviembre de 2025</p><p>Quedar en una huella con la proyección, en el marco de las celebraciones del Kobe College —una institución fundada en 1875—, me brinda una rebanada de inmortalidad. Lo digo sin estridencias, al igual que todo lo que se dice con respeto y amor a la verdad histórica. La misma que evoco al decir que el auditorio estaba lleno en esta segunda proyección.</p><p>Me concentré en los ojos y en los gestos de los presentes, aun sabiendo que no podría llegar más allá de mi propia interpretación. Una señora observaba a Silvia pasear por París a la manera de una amiga; yo la miraba sonreír a ella y veía otra película. El río que atraviesa la ciudad, en sus pupilas, ganaba profundidad: esa que se produce cuando las miradas se encuentran. Un silencio se abría entre ellas dos y ya no había vacío, sino atención. «Comencé la traducción como una compañía», dice Silvia en la película, y la señora asentía. Las sensaciones mutuas se tocaban, como el fuelle del bandoneón de fondo, y se mezclaban, del mismo modo en que Silvia Baron Supervielle lo hace con las aguas del Sena, del Atlántico y las del Río de la Plata.</p><p>La disertación también fue otra. Ya no giró en torno al cruce entre cine y literatura, sino en tratar de ubicar a Silvia Baron Supervielle en la literatura del Río de la Plata y, al mismo tiempo, en la literatura francesa. La profesora Sonoko Sato preparó una suerte de glosario con los nombres de los escritores y artistas nombrados en la película, lo cual creaba un mapa de referencia desde donde entrar y salir. Dije —o intenté decir— que el Río de la Plata, hecho de los afluentes que vienen del Uruguay y del Paraná, también integra la literatura de Entre Ríos, de donde provienen los escritores de las películas precedentes. Y que, así como las lenguas, las literaturas insisten en mezclarse, aunque puedan distinguirse.</p><p>Cité una frase que me tocó especialmente, expresada en Argentina por el autor polaco Witold Gombrowicz: «Me gustaría enviar a todos los escritores del mundo al extranjero, fuera de su propia lengua y fuera de todo ornamento y filigrana verbal, para que constaten qué queda de ellos». Decirla en una lengua que no es aquella en la que nací, en un país cuya lengua no era exactamente la que estaba hablando, produjo una especie de desgarradura. No para romper, sino para identificar las partes. Separar. Exponer. Mirar los restos. Intentar, desde ahí, un gesto de conciliación.</p><p>A la presentación me acompañaron también otros libros: no solo las crónicas japonesas de Nicolas Bouvier, para leer en el transporte, donde dice que un país no puede vivir sin ideas, sino también la «Antología de poetas latinoamericanos en Francia» y «Los mandatos de Camilo Fink». Estaban allí no solo como amuletos de la suerte de haber publicado mis propios textos, sino como compañeros discretos que traen consigo a tantos otros escritores, artistas, editores.</p><p>A media tarde, después de la proyección, entramos a un aula con la profesora Sonoko Sato. Quince estudiantes, más o menos, de distintas regiones, nos esperaban. Hicimos casi una ronda de vivencias en torno a nuestra experiencia con el francés. Algunas viajan casi dos horas para llegar al colegio, otras se alojan allí; pocas conocían Francia. Pude sentir la presión por la espera de resultados de sus padres. Las preguntas, de todos modos, no vinieron desde la expectativa, sino desde la curiosidad. Ya no me preguntaban por Silvia, sino por qué elegir el cine y la literatura, qué hago los fines de semana en París, cuáles son mis lugares preferidos, cómo percibo la cultura japonesa.</p><p>Me gustó vivir ese desplazamiento porque ellas, sin saberlo, al querer saber algo más de mí, me ayudaban también a entender algo de mí mismo. Fue recorrer, de golpe, casi ocho años en Francia. Intenté quitarle peso a las presiones, transmitirles confianza y decirles que cuando encarnamos una lengua —incluso la más propia— personificamos distintos temperamentos. No es una idea nueva, pero la recordé ahí, en ese aula: pensar en otra lengua nos permite observarnos de otra manera.</p><p>Pareciera evidente que en las películas, como en los libros, también viajan ideas; sucede algo similar con las lenguas. Ahora bien, cuando una lengua se nos impone, las ideas se filtran, como el agua. Así como las ideas, todos continuaríamos nuestro viaje. Los encuentros más profundos, muchas veces, son apenas una especie de trasbordo.</p><p>Entrando la noche, inesperadamente, Sonoko y Satoshi abrieron las puertas de su casa. Nos esperaba Yoko, la madre de Sonoko, cocinando. Durante los días de proyección había cuidado a Toki, su nieto. Con él, luego de entrar en confianza, jugamos al sumo. Me conmovió escuchar mi nombre pronunciado con el acento japonés de un niño que recién, con tres años, empieza a ver el mundo. Hubo un momento en que quise ser un niño japonés, solo para quedarme ahí y seguir creciendo.</p><p>Durante la comida hablamos de distintos temas. Pero Sonoko guardaba un tesoro para el final: contar que su afecto por la poesía era algo heredado de su abuela y de su madre, allí presente, que luego recitó dos haikus de memoria. Con ellos jugamos a traducirlos al vuelo entre el francés, el inglés y el español. Mientras tanto, Sonoko sacó un diccionario japonés que reúne las palabras ligadas a la poesía y a las estaciones. Me sorprendió —y me alegró— comprobar cómo son las mujeres quienes cuidan y transmiten estos poemas de generación en generación. Cuatro mujeres haikistas en una misma familia. Comprendí, en parte, que esa sensibilidad poética no era solo la de una profesora.</p><p>Antes de irme, ensayamos escribir un haiku. Pensamos primero uno y luego cambiamos la palabra mesa por sopa, que le daba el color otoñal que la estación pedía. Fue un gesto mínimo, pero exacto. Ahí experimenté —no solo entendí— que escribir también es saber cambiar una palabra a tiempo.</p><p>Pensé —sin decirlo del todo— que cuando en Occidente se intenta adaptar esta forma breve y profunda que es el haiku, suele olvidarse que la literatura es un hecho colectivo, que se cultiva en grupos, más allá de cuestiones técnicas: no necesita sujeto ni rima; y que, así como el tanka conserva el sentimiento, el haiku intenta atesorar el instante.</p><p>Ya en el tren: atrás queda Osaka. En el centro, los recuerdos: los momentos compartidos, los aprendizajes sobre la lengua, la cultura, los poemas, los escritores. Entre lo vivido y la idea de volver queda esa senda. Ahora, por delante, Kanazawa, en la otra punta de la isla, espera. Ahora sí, ya como un turista más. Antes me sentía entero: el que intenta hacer películas, el que escribe, el que da clases. Todo eso ya pasó. Ahora toca reinventarme en estas letras.</p><p>No soy de aquí ni soy de allá, dice la canción de Facundo Cabral, y a mí también me gusta pensar que ahora soy un poco de varios lados. Incluso que soy en estas letras y que en ellas florezco, aunque sea otoño, para luego ser fruto y semilla.</p><p>Sin embargo, soy consciente de una convicción simple: esta crónica saldrá en el diario de mi pueblo. Y eso alcanza. Alcanza para quedar en esa huella, para celebrar el mérito de haber llegado hasta aquí y para acercarme al deseo de compartir este viaje con mis hermanos, con la memoria de mis padres ya muertos, con amigos, seres queridos e incluso desconocidos. Saber que estas palabras llegarán a Villaguay sopla las velas de este viaje.</p><p>Así, lo recorrido les da vitalidad a estas palabras, y mi color local es una tela teñida de persistencia y durabilidad.</p><p>&nbsp;</p><p>Como en casala sopa ya servidada esperanza</p>]]>
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                <published>2026-02-11T16:57:14+00:00</published>
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            Interrupciones de Japón III
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                <![CDATA[Mario Daniel Villagra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/vJ2QyZ_TMcpdYeiRZiKkoaILaVI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/interrupciones_de_japon_iii.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Desde París, Francia</p><p>Osaka, 22 de noviembre de 2025</p><p>Alguna vez escuché que todo viaje comienza por ser imaginado; agregaría que también es hablado, conversado, porque en este hay algo de todo eso. Reviso las hojas pasadas del cuaderno y veo más que notas, nombres, fechas. Veo un guion de una vida que rueda y se registra en partes. Ningún viaje se hace solo, aunque haya momentos en los que se viaje a solas.</p><p>Hoy es la presentación de una de las películas que hice. Recorro los papeles impresos que me ayudarán a hablar esta noche en el Instituto Francés de Kansai, antes y después de la proyección. El título de la disertación es: «Silvia Baron Supervielle: un posible diálogo entre cine y poesía», y pienso: el cine es escritura puesta en movimiento y a sonar.</p><p>Desde un principio, literatura y cine se entrecruzaron en este proyecto. La idea de hacer películas sobre escritores nació al leer las cartas de Rainer Maria Rilke, «Cartas a un joven poeta», donde sugiere entrar en uno mismo y buscar la necesidad que nos impele a escribir. De allí surgió el nombre de la serie de poetas que comencé hace ya diez años: «Su móvil, nuestro móvil». La primera fue Marta Zamarripa, una poeta de pie; luego vino Miguel Ángel Federik, el poeta descalzo; después Arnaldo Calveyra, tras sus huellas.Y hoy, Silvia Baron Supervielle, será proyectada, luego de España, Argentina, Uruguay, Estados Unidos y Cuba, en Japón. Por eso digo que uno nunca viaja solo: porque ellos vienen conmigo o, mejor dicho, porque yo voy con ellos.</p><p>La poesía, el cine y el viaje se trenzan. Por un lado, escribí que pensamos filmar siguiendo su relato de vida, intentando traducir su obra a través de su voz, de los gestos cotidianos de una vida de escritora, en una luz familiar. Ahora, a mano, en un margen de la hoja impresa, agregué ayer que, después de pasar por el Museo de Artesanías y conocer más sobre el Arte Mingei, estas palabras cobraban otra dimensión y, en parte, parecieran justificar la decisión de la profesora Sonoko Sato en invitarme a proyectar la película para los suyos. No fue una gestión: fue una forma de hospitalidad intelectual, una manera de hacerse cargo del gesto universal y cotidiano que puede ser la poesía.</p><p>Más adelante leo que esta nueva película trajo algunas sorpresas: durante la grabación de un fragmento de «El río perdido», Silvia agregó una palabra que no existía en el texto publicado en papel: gaviota. Esa palabra, dicha frente al micrófono, cambió el texto original. Ese día comprendí que el cine también puede ayudar a reescribir la literatura.</p><p>Poco a poco, si uno viaja entero, el espacio compartido comienza a ser menos ajeno: el café de la avenida, en dirección a la estación de metro Honmachi; el chico de la hamburguesería a quien hoy saludo como a un vecino. Lo pondría como ejemplo de amabilidad: quiso ofrecerme el postre al verme ayudarlo a levantar mi plato y los tenedores sucios, cuando estaba por cerrar el local y yo era casi el último cliente. Compite con ese señor que estaba de guardia en un local de ropa de la estación Umeda y que salió de su puesto para acompañarme hasta la entrada correcta del metro que debía tomar antes de llegar al primer hotel.</p><p>Pienso en las imágenes que dejamos, y que tienen quizás más o menos efectos que las palabras. Es verdad lo que dice un maestro: cuando uno más construye un —o su— personaje, más difícil es mantenerlo. Por suerte, la literatura me enseñó que existen distintos tipos de personajes: principales, secundarios, bidimensionales, tridimensionales. El personaje del que escribe, en general, por ejemplo, tiene más imágenes sin escribir que escribiendo: cuando posa para la foto, con algún libro en la mano, en la cabeza, al lado de una biblioteca, con la mano en el mentón. En realidad, las imágenes que más existen en el imaginario colectivo son las del lector: en un banco de la plaza, en un sillón de la casa, en la mesa de un café, en un inodoro, de pie en el transporte público.</p><p>Eso implica, entonces, que la tarea de escribir no solamente es escribir. Por eso hay que ser responsable y no limitarse a alimentar el deseo de escribir: es mejor leer. Reconocer ese deseo es, ante todo, reconocerse y ser autocrítico con lo que uno va escribiendo, darse cuenta de si eso que uno esta escribiendo y quiere compartir sirve; del rigor con el saber que otros han ayudado a construir, y con que si lo que escribo a quién puede aportar en algo.</p><p>Hay una franja de tiempo entre las seis y las ocho de la mañana, aquí en Osaka, donde pareciera que el tiempo pasa lentamente, y puedo reflexionar sobre la marcha. En dos horas de Japón puedo ir y dar la vuelta al mundo: en Argentina son las dieciocho del día anterior, en Francia las veintidós. Mientras tanto, preparo el mate y voy hasta Argentina para ver el comienzo del atardecer. Paso de vuelta por Europa y veo mis plantas en el balcón, entre un sorbo y otro, hasta que, en un instante, me doy cuenta de que todo esto es más real de lo que parece. Que estas palabras no son solo tinta en un papel, sino mi manera de bendecir lo cotidiano, de trabajar con las manos esa parte artesanal que tiene que tener todo oficio para la vida: hacer hablar aquello que otros ven apenas como un decorado, siendo actores sin acciones.</p><p>Hay viajes que no avanzan: se demoran en el cuerpo. Por eso es mejor ponerse de viaje de cuerpo entero, si es posible, y no pensar en llegar como un destino, sino insistir en el tránsito, en el viaje mismo. Algo de eso me ocurre ahora. El desplazamiento ya pasó, ya está pasando —los aeropuertos, esta habitación, los horarios—, y queda una vibración, una especie de residuo que no sabe dónde acomodarse; quizá sea esa fiera que busca refugio. No es memoria ni proyecto: es una senda.</p><p>A las quince horas recibo un mensaje de Sonoko: me avisa que ya llegó, que está con Satoshi, su compañero, y que me esperan en la planta baja del hotel. Y llegan más sorpresas. Luego fuimos hasta donde sería la primera proyección. Hicimos la prueba de sonido y de imagen, y el cielo del Río de la Plata aparecía no como una revelación, sino como parte de un mismo camino. Salimos a tomar un café en el lapso que quedaba antes de la presentación y, de mi parte, sabiendo que existe una cultura de los regalos sentidos, preparé un cuadro con una fotografía de Sonoko y Silvia, tomada en Cerisy, sin saber todavía todo lo que vendría.</p><p>Poco antes de medianoche: la presentación fue sobria, casi silenciosa. Reconocí gestos, miradas, una atención que no necesitaba explicarse. Volví a ver a Sonoko: no como organizadora, sino como alguien que estaba ahí desde antes. Nos reencontramos sin decir demasiado, como si el tiempo hubiera seguido trabajando mientras no nos veíamos. A veces, volver a encontrarse no es retomar una conversación, sino confirmar que algo sigue en su macha.</p><p>Antes de llegar, había hecho el esfuerzo de no imaginar qué sucedería en las proyecciones, para que todo fuera sorpresa. Y eso ocurrió: la sorpresa de constatar que la literatura exporta imaginarios; que la película aportaba una imagen nueva de aquella zona austral de América del Sur; que, al decidir hacerme cargo de una película sobre Silvia, me colocaba, quizá sin saberlo, en una posición de defensa de su literatura, se su búsqueda estética. Pero tampoco hacía falta. En el fondo, entendí que no todo viaje viene a cumplir lo que promete; algunos vienen a desacomodar lo que uno traía preparado.</p><p>Escribir vuelve a ser una forma de medir la vida. No para ordenarla, sino para no perderla. El mundo sigue ofreciendo imágenes —cruces, objetos, gestos mínimos—, pero ya no como novedad, sino como eco. Tal vez sea eso: una interrupción después de la interrupción.</p><p>&nbsp;</p><p>Entre hojas caídas,destellos de París;poemas que cruzan fronteras.</p><p>Yoko Sato</p>]]>
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                <published>2026-02-02T13:38:48+00:00</published>
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        <title>
            Interrupciones de Japón II
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                <![CDATA[Mario Daniel Villagra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/GTyRZOSLdval6CP65H_XzbOJLaw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/01/interrupciones_de_japon_ii.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Desde París, Francia</p><p>Osaka, Japón. 20–21 de noviembre de 2025</p><p>Llegado al aeropuerto internacional de Osaka, en la región de Kansai, le envío un mensaje a la profesora Sonoko Sato, con quien habíamos comenzado a planificar la subtitulación en japonés de la película sobre Silvia Baron Supervielle, que ella había visto en el Coloquio Internacional de Cerisy, en Francia, en 2024. Le explico, con la intención de verificar, que tomo el tren hasta Namba y que, desde allí, trataría de llegar hasta Hommachi, la estación más cercana al hotel.</p><p>Me responde luego que está contenta de que haya llegado bien a Japón, que había pensado pasar por el hotel esa misma tarde, pero que finalmente no podía: una estudiante había pedido una entrevista y, después, debía ir a buscar a su hijo a la guardería. Namba no quedaba tan lejos de su casa, pero no creía tener tiempo suficiente.</p><p>Me hacía ilusión verla el mismo día de llegada. Sin embargo, leí ese mensaje como una primera inmersión en la vida real de un ciudadano, no solamente de una profesora, y entendí que venía también —más allá de compartir una película y algunas charlas— a cruzarme con una vida real, o con varias vidas a la vez. Le propuse entonces encontrarnos al día siguiente, pasar por el hotel e ir juntos. Ella me respondió, con una amabilidad firme, que el evento era el sábado y que todavía estábamos a jueves. Anoté mentalmente la lección: en Japón, el calendario también educa y, en algunos momentos, nos regala algo de tiempo.</p><p>Luego de dejar la maleta, salí a caminar hasta llegar al canal Dōtonbori, donde las lanchas pasean a los turistas. Me quedé allí, mirando pasar la vida, hasta la hora de comer. Probé, sin querer, unas bolitas de arroz con un pedacito de pulpo como relleno. Después volví caminando y, al doblar en una esquina, ya entrada la noche, me encontré con una «geisha» —a las aprendices les dicen «maiko»—, una artista del movimiento, que avanzaba rápido con su estuche de shamisen, el instrumento musical japonés de tres cuerdas. El encuentro casual fue como ver la luna nueva asomarse detrás de un edificio.</p><p>De vuelta en el hotel, prendí la televisión y había sumō, como si estuvieran transmitiendo fútbol. Hice zapping y vi que la vida de allá y de aquí no se detiene. Tres horarios en mis conversaciones: Japón, Francia y Argentina. Entender lo que pueda, escribir lo que me atraviesa, soñar lo posible.</p><p>Mis primeras impresiones: el japonés es silencioso y amable y, aunque rodeados de tanta tecnología, ellos me hacen pensar que el humano nunca podrá ser reemplazado por la máquina. Intenté hablar, presentarme en japonés: —Villagra desu. Y lo tomaron con un sonrojo.</p><p>Me puse en viaje con el libro «Crónica japonesa», de Nicolas Bouvier. Algunas cosas resuenan. La diferencia es que, entre otras, él viajó más de una vez y, para mí, esta es la primera; pero creo que este viaje me seguirá por siempre y que podré volver cuantas veces necesite. Grata sorpresa abrir el libro y ver que la fecha de su primera crónica es el veinticuatro de febrero de 1964, la misma fecha de mi nacimiento, en 1987.</p><p>Por la mañana: los celulares han reemplazado a los libros, no del todo. Y yo, escribiendo a mano en una cadena de café, sintiéndome falsamente parte de una cultura mundial; no digo falsamente por mí, sino por el local climatizado, que parece ser de otro país y de otra estación del año. Mirando por la ventana, pienso que mi poema a la bicicleta tendría otro sentido aquí, porque la bicicleta no está enemistada con el hombre. Todo eso de proyectar mañana la película me lleva a pensar cómo va a reaccionar el público.</p><p>Quiero anotar el instante en que pedí mizu, agua, y me hice entender por la chica que atiende en el café. Sumimasen, kudasai: disculpe y por favor, respectivamente, dos palabras que abren cualquier conversación.</p><p>Por la tarde, de paseo por el Jardín de las Rosas de la Paz, pensé en Arnaldo Calveyra y su viaje a Japón. ¿Qué parque habrá visitado? Luego entré al Museo de Artesanía Popular de Japón, en Osaka, que se encuentra en el Parque Conmemorativo de la Exposición Mundial de 1970. El museo fue pensado para presentar la belleza del movimiento Mingei al mundo. Desde entonces, ha reunido cerámica, teñido y tejido de artesanía popular, carpintería y laca, trenzado y cestería, y celebra una exposición cada primavera y otoño.</p><p>El movimiento Mingei recupera y expone la artesanía popular del pueblo y la belleza de los objetos utilitarios cotidianos hechos a mano por artesanos anónimos, de generación en generación. Pero mi cabeza, como en esta escritura, comienza a desordenarse. Miro las pinturas «Dos bodhisattvas y los diez grandes discípulos de Shakyamuni», de Shikō Munakata, y no puedo dejar de pensar en «Las manos de la ira», de Oswaldo Guayasamín. Esto me habla de una comunicación necesaria, no solo de una generación a otra, sino entre culturas diversas.</p><p>Un mantel, una cuchara, una vasija: todo es sagrado cuando la belleza y lo divino forman parte de todos los días y no de otra vida por venir, donde el más allá es el más acá de los habitantes de la isla y de los campesinos.</p><p>En el Museo de Artesanía Popular de Japón, la señora que atendía me regaló un lápiz. Todo se recibe y todo se da con las manos hacia adelante, como en un cuenco, como una ofrenda.</p><p>Esto último me habla de la importancia de una comunicación más afectiva que efectiva, y de que, de ese modo, todo fluye casi de manera natural, aún cuando la rigidez de la lengua interfiere en esa comunicación.</p><p>Es posible que esa realidad frugal de la que habla Bouvier haya cambiado en este país, como han cambiado tantas cosas desde entonces. Pero quizá lo que no ha cambiado es el origen de muchos males: la ignorancia fundamental, el no saber a qué hemos venido a esta existencia. Y pienso que, en el fondo de ese mal, está el hecho de que la realidad humana todavía no ha aceptado la realidad del mestizaje. No aceptar, de hecho, hace más daño de lo que creemos. Aceptar esa verdad podría traer soluciones —y, en esa transición, nuevos conflictos—, pero soluciones al fin a problemas actuales como el hambre, el racismo o las guerras.</p><p>Mientras tanto, hay comunidades que van quedando por fuera de lo que hoy llaman globalización. En este punto, nada es tan originario como parece. Quizá deberíamos dejarnos atravesar por nuestra particularidad como especie: la diversidad. Ese parece ser uno de los verdaderos problemas de la época: la construcción de una sociedad capaz de respetar las singularidades y aceptar la realidad diversa.</p><p>Aquí, fotografía, shashin, quiere decir imagen-verdad: sha, «reflejar, copiar»; shin, «verdad, realidad». Una imagen que intenta decir lo verdadero. En ese sentido, la imagen del mundo que queremos construir todavía no ha sido tomada. Falta el encuadre: qué ponemos dentro y qué dejamos fuera.</p><p>Luego de, no sé… no sé… se supone que treinta horas, llegué a Osaka. Tenía pensado escribir semblanzas de las personas importantes, pero cada una de las personas que voy cruzando lo es a su manera. Así encontraría, quizá, la esencia del pueblo japonés. Pero hacía tiempo que no me pasaba esto de no tener fuerzas para escribir. Fuerzas físicas, no morales. Treinta horas: el cuerpo también llega después.</p><p>Mientras cae la yerba mate en Osaka,Ian mira «Dragon Ball Z» en Córdoba,Duda y Vadrían inventan un cuento en Caparica.Abre sus alas la mariposaque Eduardo despierta en París,y en ese leve instante —de aquí y de allá—algo nuestro, naciendo, seguirá,como un hilo de tiempo que el mate no corta.</p>]]>
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                <updated>2026-04-12T22:35:04+00:00</updated>
                <published>2026-01-22T23:48:09+00:00</published>
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            Interrupciones en Japón I
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                <![CDATA[Mario Daniel Villagra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/EMRL98zGC9BS_12qc1lOkhnuPMc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2026/01/interrupciones_en_japon_i.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Desde París, Francia</p><p>Tokio, 3 de diciembre de 2025 – París, 4 de diciembre de 2025</p><p>7 a. m. Según Natsume Sōseki, «Tokio es un lugar tan intenso como terrible»; no sé por qué lo dice, y los tiempos en los cuales escribió esto ya han cambiado, pero ahora podría intuir que es por su intensa amabilidad y por la densidad abrumadora de personas en los lugares de sociabilidad. Su libro «El gorrión de Java» me acompaña en el equipaje de mano en este vuelo para que sea más ameno; él me muestra otra parte sobre la vida de un escritor en otros tiempos. Viajar, pienso ahora, no es desplazarse: es interrumpirse.</p><p>En la sala del aeropuerto Haneda de Tokio, como todo aquí, parece antiguo y nuevo a la vez; el diseño que antes se hacía con algún mineral ahora se hace con plástico o con algo parecido; o con madera, siempre la madera. A diferencia de otros aeropuertos en los que estuve, aún me siento en el país por las opciones que brindan las cafeterías, como si elegir qué beber fuese también una ceremonia del adiós. Todo me pareció más fácil y más amable en Japón, como si el país malacostumbrara al cuerpo a una suavidad que después cuesta abandonar.</p><p>Subo al avión, busco la fila cuarenta y siete, zona cuatro, asiento G. A mi lado derecho, sobre el pasillo, un hombre mayor, con aspecto de experimentado entrenador de sumō, de unos ciento veinte kilos, ya esperaba acomodado con paciencia, como si ese gesto fuera parte del viaje. Nada lo impacienta, me digo, mientras alguien comienza a levantarse y a dar indicaciones sobre cómo sería posible reacomodarse en distintos asientos para que algunos que viajaban juntos viajaran más juntos aún, casi pegados. Cambios que no necesitaban hacerse, esta persona los proponía.</p><p>Hasta que un miembro del personal del avión le hizo ver que todo eso complicaría las cosas a la hora del descenso de los pasajeros y que era mejor quedarnos como estábamos. Me sorprendí a mí mismo quedándome fuera de todo ese movimiento, como si el cuerpo aprendiera más rápido que la cabeza. No hay prisa, pero tampoco hay pausa: hay un ritmo compartido. Cuando el hombre se levantaba, yo me levantaba; cuando venían las azafatas, él pedía con la mano y con la cabeza, y yo también.</p><p>En un momento, al descender, sentí ganas de agradecerle por el cómodo viaje compartido, pero no me animé. Tampoco me animé a preguntarle si hacía un trasbordo o si viajaba a París, como excusa para sacarme la duda de si realmente era entrenador. Luego lo vi, después de recuperar el equipaje, fumando en un espacio reducido del aeropuerto Charles de Gaulle.</p><p>Me pregunto, quizá al vuelo e ingenuamente enjaulado como el gorrión de Sōseki, hasta qué punto el pasado imperial ha hecho de este pueblo algo así de calmo, así de disciplinadamente amable. Esa amabilidad —las reverencias del cuerpo cada vez que se saluda— parece parte de un mandato. Del imperio a la república; del autoritarismo imperial de guerra a una república tutelada. Sin experiencias socialistas, sin un «febrero», sin un «mayo», sin un «octubre», no lo sé. Hay algo de la teoría que no termina de cuajar. Un país desarrollado genera, teóricamente, todas las condiciones para una revolución. Al menos en los papeles. Así, la emancipación del hombre por el hombre deja de ser solo un objetivo histórico y se vuelve también un gesto individual cotidiano; y con esto no bajo la bandera, solo quisiera darle un soplo de aire nuevo para que siga flameante.</p><p>Tal vez por eso busco imágenes que me ayuden a pensar lo que no termino de entender. Pienso nuevamente en la película «Perfect Days», que sucede en este mismo escenario. ¿No será ese personaje el arquetipo que propone cierto ideal de ciudadano? Emancipado de su propio destino social, alguien que, entre la vida de la naturaleza y la del cosmos, articula su vida humana como un mensaje silencioso.</p><p>12 a. m. Esta es ahora otra parte de la realidad: la de llegar a París, donde resido, y volver a encontrarme con la vida dejada aquí. Pero ahora llevo los souvenirs del viaje entre presentar una película dos veces, dar dos charlas y luego quedar como turista. Es la realidad de «arar, yendo y viniendo», como dice Bashō, y de cuidarse al habitar las pausas, los proyectos, los defectos y las virtudes.</p><p>Hay algo que llaman syndrome de París, que sufren algunos turistas japoneses al llegar: un supuesto conjunto de «síntomas» del desencuentro entre expectativa y realidad, pero que no dice mucho más sobre las personas. Yo no soy un turista en Francia —al menos no todo el tiempo, ni administrativamente—, y no se trata de un diagnóstico del cuerpo social, pero sí de un cambio que resulta notorio. En Japón, aunque el ruido industrial existe —sirenas, motores, máquinas, hasta explosiones—, la gente es más silenciosa, más respetuosa del lugar del otro. Aquí, al llegar, los cuerpos se desbocan: parlantes de celulares abiertos en el transporte público (no importa con qué edad), jóvenes que gritan, que se empujan, que juegan a pelearse.</p><p>Otro contraste es la basura. En Tokio, en Kioto, en Ōishi —por dar tres ejemplos de diferente densidad poblacional—, ver a alguien tirar un papel o un cigarrillo al suelo es raro y está prohibido —incluso hay trabajo voluntario, en horario de oficina, para juntar papeles en las calles—. Aquí no: hay basureros públicos, sí, a diferencia de Japón, pero igual la basura aparece en la calle, como si el hecho de existir o no existir cestos implicara tener o no tener una responsabilidad individual sobre el bienestar colectivo.</p><p>En fin, estas notas —y otras que fui haciendo en dos cuadernos— podrían llamarse mi parte de la verdad. Por un lado, porque no renuncio a la idea de la verdad, a esa verdad a la que, como individuos, podemos aproximarnos. Una verdad siempre incompleta, siempre en borrador. Por otro, porque otras personas participan necesariamente de esta verdad histórica: de lo que viví, de lo que vine —o fui— a hacer. Las personas que fueron parte del viaje sostienen la otra mitad. A ellos les corresponde la otra parte de la verdad.</p><p>El yo, dicen, es una vergüenza según el confucianismo, todavía arraigado en Japón. Tal vez por eso esta escritura intenta correrse del centro: porque el yo, aquí, es apenas una bisagra entre mundos. Voy a invertir la cronología —ir de la última a la primera— porque volver sobre lo ya escrito es un viaje de regreso, no de ida, y así, cuando el lector entre, todo ya habrá ocurrido y se le quitará toda responsabilidad sobre lo ya perdido.</p><p>De este viaje</p><p>regresa mi yo-cuerpo</p><p>y otro yo sigue</p>]]>
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                <updated>2026-04-12T22:35:04+00:00</updated>
                <published>2026-01-15T23:50:54+00:00</published>
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            No es un río de Selva Almada
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                <![CDATA[Mario Daniel Villagra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/0k7VbkDE38xY2OI-qpvyRAfRcqI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/03/selva_almada.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La lectura del libro invita a una experiencia estética y semi-vivencial, a propios y ajenos, sobre cómo contar historias sucedidas en islas litorales. Las historias de No es un río, ponen en tensión diferentes puntos de vista, con acciones y personajes que son productor del relato de un narrador externo. Un epígrafe de Arnaldo Calveyra lo antecede, y también nos sitúa: «Observa, amigo, el lujo de las casuarinas de la costa./ Ya son agua». Pero, Almada, ¿qué quiere prevenirnos con tales palabras?, ¿qué la realidad de esta isla está atravesada por lo salvaje, qué todo ya está mezclado, o, como si fuera Magritte y su pipa, advertirnos que estamos ante una representación? Las respuestas pueden ser conjeturales. Como decir que encontrar la voz del narrador, hacer confluir los relatos, escribir, cortar, pegar y suprimir algunos elementos formales en los diálogos entre personajes y narrador, esos parecieran ser algunos de los mecanismos utilizados por la autora para construir la trama disruptiva del tiempo en que trascurre la novela.&nbsp;</p><p>Para anticipar su contenido, Almada no escogió cualquier poeta, lo puso a Calveyra; eslabón fundamental de una cadena de producción literaria en Argentina que integra siglo XX y siglo XXI, él fue quién dijo: «Mi provincia, Entre Ríos, es casi una isla, una gran isla, entre dos ríos que vienen de muy lejos, del lejano norte, de la selva amazónica. Entre Ríos es mi fuente de inspiración, es un lugar geográficamente privilegiado. Estas tierras fueron el fondo de un mar, no sé en qué época del mar, retirándose, dejo este paisaje, estos ríos extraordinariamente bellos». Pues, allí estamos, dado que el texto continúa en «la misma isla o la de al lado o la de más allá. En el recuerdo la isla es una sola, sin nombre propios ni coordinadas precisas. La isla».&nbsp;</p><p>Allí se suceden las historias, en tiempos narrativos diferentes, pasado y presente; en el pasado, la muerte de Eusebio como consecuencia de un ahogamiento, tras ir a pescar con la idea de despejarse con sus amigos Enero y el Negro. En el presente, estos dos llevan a pescar a Tilo, hijo del finado. Estos mayan una raya y la devuelven al agua; hecho que no es bien visto a los ojos de los isleños, César y Aguirre. En ese hecho, nace el conflicto que desenlaza el final.&nbsp;</p><p>Presa de sus propias palabras</p><p>La autora ha declarado haber quedado presa de sus propias palabras al decir que esta novela forma parte de una trilogía de varones. No obstante, en la narración se interroga «quién sabe qué piensas las mujeres», como dice el personaje César y sobre el personaje de Siomara; César que es amigo de Aguirre, el hermano de ella; no se cuestiona a la inversa, es decir, quién sabe qué piensas los varones; eso pareciera quedar más explícito en los diálogos de los personajes y en los monólogos del narrador. &nbsp;</p><p>El estilo del narrador hace lo narrado más creíble, porque el tono y el punto de vista se integra con los de diferentes personajes: «hombres pisando los treinta… Ninguno iba a casarse. Para qué. Se tenían el uno al otro. Y cuando no, Enero tenía a su madre» (p. 37). Por momentos, narrador y personajes llegan a confundirse. De hecho, es Aguirre, un hombre que vive en la isla, quien dice «no es un río» (p. 76), y, de inmediato, el narrador sentencia «cuando ellos mueran no quedara ni un solo Aguirre en la isla, que es como decir en el mundo» (p. 78), como si el creador y los creados fueran pertenecientes al mismo universo.&nbsp;</p><p>Por en cuanto, los perfiles de los personajes (varones, sobre todo) son simples, bidimensionales, viven y sobreviven: Enero (policía, estereotipo que ya aparece en otras novelas); El Negro (se encamaba de vez en cuando con Diana Maciel, mujer de Eusebio, el amigo muerto, y madre de Tilo), y Eusebio Ponce (que se ahoga). Tilo (hijo de Eusebio con Diana Maciel; tenía 6 años cuando su padre murió). El curandero Gutiérrez, el más tridimensional de todos, porque además sueña y hace magia; es el padrino de Eusebio.&nbsp; En este pequeño grupo puede entrar Siomara, que es intuitiva, le gusta el fuego, y se vuelve loca luego de que sus hijas mueren en un accidente. Aguirre, un hombre de la costa, es su hermano, y tío Mariela y Lucy, hijas de Siomara. Aguirre es amigo de César y Canelo, padre de El Panda, quién invitó al bailar a las chicas y venía en la camioneta cuando ocurrió el accidente.</p><p>¿Cuál es la búsqueda en la búsqueda del narrador?</p><p>El narrador pareciera ser un hombre, un cierto tipo de hombre; hay una visión machista, sin duda. ¿Esa es la denuncia social de la trilogía de hombres? No obstante, se puede leer «A Enero le gusta. Le gustan las muchachas atrevidas. Estas son unas gurisitas, qué tendrán, quince, dieciséis. Pero acá en la isla las mujeres se curten antes que en el pueblo».</p><p>De todas maneras, así como las casuarinas ya son agua, también en la isla los sucesos se mezclan. «Esa noche en el río siempre fue confusa», dice el narrador, enrareciendo la construcción sintáctica con el «siempre»; es decir, las acciones de aquellos días y noches pueden ocurrir en cualquiera momento o todo el tiempo. El adverbio de tiempo le da un aire de inmortalidad a la historia, de imperecedera, de que será contada y recordada, y que cada lector será partícipe también de la confusión: por qué son así, son fantasmas, algunas preguntas que los lectores se han posado, pero que con una lectura atenta podrán ser develadas. Como ya lo han dicho, por ejemplo, en torno al realismo mágico: lo que parece fantástico se vuelve hiperrealista.&nbsp;</p><p>Es producto del narrador la temporalidad de lo que se cuenta. Ya ha utilizado Almada la técnica de la interrupción de la acción en curso para presentar los hechos que, ocurridos en un tiempo anterior, van y vienen, como marejadas del río. Se puede ver en la página 120 como pasa de un grupo caminando en el monte a una escena de un baile. Entonces, el pasado todavía presente, algo intermitente, está en la cabeza del narrador, que, me atrevo a decir, no es Almada: ella es un canal de alguien que le ha contado estas historias.&nbsp;</p><p>Entre epistemología y terminología, en narrador confabula con lo mítico y lo místico. Por un lado, ensimisma el habla de los isleños con el de la gauchesca: Jeder fiero en lugar de oler feo; ya güena por es buena, y lo mixtura con localismos que viene del registro oral, como en el caso Le da otro beso a la botella para describir un trago de bebida. Casos que ejemplifican el punto de vista machista de los personajes, pero que el narrador reproduce en el tono, son calientabraguetas y ponzoña en la cajeta. Expresiones conocidas, pero no frecuentes por despectivas y vulgares, hasta agresivas. Por otro lado, con el personaje del curandero, que sueña a Eusebio ahogándose (pp. 52-53), o el Siomara, que tiene una fascinación con el fuego, aparece el misterio representado en la trama. En suma, son aspectos, quizás, un poco folclóricos en una… ¿provincia?&nbsp;</p><p>Hay una tensión entre dos puntos de vistas, en apariencia: los que viven en la isla y los que van a pescar para pasar el tiempo, que matan un animal y lo devuelven muerto al agua. Lo salvaje, la animalidad, todo eso donde existió modernidad: la primera escuela laica, el primer colegio nacional, grandes personalidades del país y de la cultura como Martiniano Leguizamón, Alberto Gerchunoff, Juan L. Ortiz y Mastronardi, que rehuyeron también al facilismo que esconde detrás el misticismo, mientras cada quién buscaba en la literatura su color local.&nbsp;</p><p>Me pregunto ahora si con No es un río, que viene desde allá, con un pie en el centro y otro en la gran isla, la autora no intentaba encontrar, como Geneviève Asse lo hizo con el azul de Bretaña, su color entrerriano. No obstante, lo cierto es que tanto Calveyra como Almada vienen de esa gran isla con memoria de mar, y que sobre la provincia, parafraseando a Claudia Rosa, de «una u otra manera la literatura argentina sabe» que allí nacieron varios escritores. Ahora bien, la problemática es por qué y cómo esta zona convoca a propios y también a extraños.&nbsp;</p><p>Hay muchos que encuentran que las respuestas a la particularidad de la literatura entrerriana está en el espacio exofórico, en su luz insular, en su geografía de la fábula, en la insularidad (relativizada por algunos, acentuada por otros; antes una realidad, ahora un símbolo), o en la tensión nativo-inmigrante que han vivido muchos de sus integrantes. Ellas son constantes de la literatura entrerriana, pero también se debe al lugar que Entre Ríos ocupó en la lucha contra la hegemonía porteña en el siglo XIX, y, un poco más atrás en el tiempo, en el rol de Entre Ríos en el marco de la conformación de las naciones hispanoamericanas. Ese temperamento, se supone, tiene la entrerrianía, y esos rasgos distintivos, en este libro, florecen como una magnolia sobre un gran gajo de patria.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/0k7VbkDE38xY2OI-qpvyRAfRcqI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://diarioelpueblocdn.eleco.com.ar/media/2025/03/selva_almada.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La lectura del libro invita a una experiencia estética y semi-vivencial, a propios y ajenos, sobre cómo contar historias sucedidas en islas litorales....]]>
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                <updated>2025-03-06T23:38:06+00:00</updated>
                <published>2025-03-06T23:33:46+00:00</published>
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            La pereza del electorado ni-ni
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                <![CDATA[Mario Daniel Villagra]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2024-07-05T22:47:14+00:00</updated>
                <published>2024-07-05T22:47:14+00:00</published>
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